«Al son que me toque, paro»

Música, memoria y construcción en el Portal de las Resistencia a través de la voz de Diego López

Por: Valentina Marín Gómez

 

 

En el sur occidente de Bogotá hay un lugar donde el ruido nunca fue solo ruido. Allí, el estruendo de los gases se mezcló con guitarras distorsionadas, flautas, tambores, ollas comunitarias hirviendo y micrófonos abiertos. Un territorio que dejó de ser únicamente una estación de transporte para convertirse en símbolo político, cultural y territorial. El antiguo Portal de las Américas, rebautizado por la ciudadanía como Portal de la Resistencia, fue durante el Estallido Social de 2021 un escenario donde la indignación se transformó en encuentro y donde la cultura dejó de ser un complemento para convertirse en columna vertebral de la movilización.

 Música, territorio y compromiso

“Mi participación en el Estallido Social se remonta también a escenarios previos de organización social y cultural”, afirma Diego. Su presencia en el Portal de la Resistencia no fue improvisada ni aislada; venía de procesos comunitarios donde la cultura ya era herramienta de encuentro.

Cuando el Portal empezó a consolidarse como epicentro de movilización, su papel fue el de sumar desde donde hiciera falta: “a veces estaba pendiente de la logística, otras ayudando en la olla, otras apoyando la organización de las actividades culturales”, recuerda. Para él, la resistencia no se trataba de protagonismos individuales, sino de sostener colectivamente un espacio que crecía día a día.

Como vocalista de una banda de metal, encontró en la música una forma directa de acompañar el proceso. “La música fue una manera de canalizar lo que estábamos sintiendo”, explica. En medio de jornadas culturales y movilizaciones, participó en presentaciones donde el sonido fuerte de la batería y la distorsión de la guitarra se mezclaban con consignas y reflexiones políticas. “No era solo tocar por tocar. Era entender que lo que sonaba ahí, también era memoria y denuncia”. Compartir escenario con artistas de rap, joropo y músicas populares reafirmó que la resistencia tenía múltiples voces y que todas podían dialogar en un mismo territorio.

Con el paso del tiempo, su compromiso se mantuvo más allá de la movilización, “volver al Portal después de todo lo que pasó fue fuerte, pero necesario”, reconoce. Desde la música ha seguido participando en actividades conmemorativas y culturales, convencido de que el arte tiene una responsabilidad social. “Uno no deja de ser músico cuando se baja del escenario, sigue siendo parte de lo que está pasando en su comunidad”. En esa convicción, Diego entiende que cada acorde puede ser también un acto político y que su voz, amplificada o no, hace parte de una construcción colectiva que aún continúa.

Allí no solo se protestó. Se cantó, se cocinó, se pintó, se deliberó, se lloró y se sembró memoria

Las primeras convocatorias estaban pensadas para doscientas personas, llegaron mil, luego dos mil. Todo fue exponencial. Lo que inició como una concentración barrial se convirtió en un punto de referencia distrital y nacional. Y en ese crecimiento acelerado, la cultura no fue un adorno estético: fue estructura organizativa, fue contención emocional y fue propuesta política.

El Portal tiene una particularidad territorial: es frontera y puente al mismo tiempo. Une las localidades de Bosa y Kennedy. Es un punto de flujo constante donde miles de personas transitan a diario para salir a trabajar, estudiar o regresar a sus casas. Esa condición liminal hizo que, cuando el Estallido Social tomó fuerza, el lugar se convirtiera en epicentro natural de encuentro.

Desde 2019, ya existían dinámicas organizativas en el sector. Procesos culturales, colectivos juveniles, parches de rap, iniciativas ambientales y comunitarias venían tejiendo trabajo de base. Cuando en 2021 la movilización nacional se intensificó, ese acumulado previo permitió que el Portal no fuera simplemente un punto de protesta espontánea, sino un espacio donde se conectaron experiencias organizativas que ya tenían historia.

Sin embargo, el espacio también cargaba otro imaginario: el del riesgo. Muchas personas sabían que la confrontación podía escalar en cualquier momento. Había horarios implícitos para retirarse, momentos del día donde la tensión aumentaba y el miedo se hacía presente. Las denuncias por violaciones a derechos humanos marcaron profundamente el territorio y dejaron heridas abiertas en la memoria colectiva.

Resistir también fue cocinar

Las ollas comunitarias se convirtieron en uno de los símbolos más potentes del estallido. No solo alimentaban cuerpos; tejían comunidad. Cocinar para cientos —luego para miles— implicó organización, logística y solidaridad.

De ese esfuerzo nació el espacio humanitario “Al Calor de la Olla”. Carpas, alimentos, turnos, cuidado colectivo. Días enteros dedicados a garantizar condiciones mínimas de dignidad para quienes permanecían en el punto.

“Hay demasiada gente que le metió días enteros a eso”, dice Diego. Y advierte que muchas veces esa labor queda omitida en los relatos más simplificados del paro.

La resistencia no era únicamente confrontación. También era cuidado

Los repertorios de acción fueron diversos y profundamente cotidianos. En un mismo momento del día podía desarrollarse un torneo de microfútbol en un extremo de la plaza, mientras en otro sonaban flautas y tambores en rueda, y más allá se realizaba un ejercicio democrático barrial para identificar problemáticas y proponer soluciones. Esa simultaneidad de expresiones mostró que la movilización social no es homogénea ni lineal; es múltiple, contradictoria y creativa.

Uno de los momentos más simbólicos fue el “24 horas sin ESMAD”, realizado entre el 4 y el 5 de junio de 2021. Durante un día completo el Portal fue escenario ininterrumpido de presentaciones artísticas. Tres tarimas funcionaron de manera simultánea, rap en una, joropo en otra, metal y músicas populares en otra más. Llegó la guardia indígena, hubo espacios de orientación colectiva y diálogo territorial.

La apuesta era clara: demostrar que el orden podía construirse desde la convivencia y el arte, sin necesidad de represión. Fue una declaración política encarnada en la cultura. Deporte, música, muralismo, talleres, debates y comida compartida coexistieron como expresión concreta de otra forma de habitar el espacio público.

En medio de ese escenario, el metal también encontró lugar. En una de las movilizaciones llegó una cama baja cargada con batería y amplificadores para que bandas tocaran en plena plaza. La distorsión se mezcló con consignas y con el murmullo de la multitud. La música se convirtió en vehículo narrativo para canalizar rabias, dolores y esperanzas.

Con el paso de los meses, el Portal atravesó transformaciones profundas. Tras el paro comenzaron obras de infraestructura que modificaron la dinámica territorial: intervenciones viales, ampliaciones y proyectos de movilidad. La comunicación se vio afectada y el desgaste psicosocial fue evidente. Las organizaciones, pese a su energía y creatividad, enfrentaron el agotamiento.

El duelo colectivo abrió otra etapa: la memoria

Surgió el Bosque de la Memoria. Placas con nombres comenzaron a instalarse para honrar a quienes perdieron la vida. Cada placa es un recordatorio tangible de que las movilizaciones no fueron abstractas; tuvieron consecuencias humanas irreparables. El Colectivo Dubán Barros ha sostenido encuentros constantes para exigir justicia y mantener viva la memoria, recordando que la búsqueda de la verdad no prescribe.

La memoria no se quedó en el recuerdo íntimo. Se transformó en acción pública: galerías fotográficas, exposiciones, talleres de curaduría, procesos pedagógicos. El espacio empezó a consolidarse como punto de encuentro no solo para la protesta sino para la conmemoración y la reflexión.

Cinco años después, el Portal no es el mismo. Tampoco lo son quienes lo habitan. Existe una relación más estructurada con entidades institucionales. Hay tensiones, pero también acuerdos. El espacio ha ganado reconocimiento como territorio de memoria y cultura. Se ha comprendido que no es un lugar aislado sino parte de una ruta más amplia que conecta distintos puntos del sur occidente donde también se vivieron procesos similares.

Los procesos sociales no son lineales. Tienen momentos de auge y momentos de repliegue. Hay cansancio, hay disputas internas, hay dificultades para retomar fuerzas colectivas. Sin embargo, el tejido no desaparece. Permanece latente en cada actividad cultural, en cada encuentro, en cada conmemoración mensual.

Como músico, Diego ha vuelto a tocar en el Portal con su banda. Compartir escenario con artistas de rap y músicas populares muestra que la diversidad que marcó el estallido sigue viva. La cultura y, en el caso de Diego, la música continúa siendo el puente.

La experiencia del Portal dejó una lección profunda: ningún oficio es pequeño cuando se trata de construir sociedad. En el estallido hubo músicos afinando guitarras, cocineras removiendo ollas gigantes, fotógrafos documentando, madres buscando justicia, jóvenes organizando torneos, líderes barriales moderando asambleas, artistas pintando muros, periodistas narrando lo que otros querían silenciar.

Cada vocación sostuvo una parte del tejido social

La política no ocurre únicamente en las instituciones formales. También ocurre cuando una comunidad decide reunirse para deliberar sus problemas. Cuando alguien presta su talento para amplificar una voz colectiva. Cuando el arte propone convivencia en lugar de represión.Cuando la memoria se convierte en acto público.

La cultura es política porque produce sentido. Porque disputa el relato sobre lo ocurrido. Porque nombra lo que duele y proyecta lo que se sueña. Porque transforma el espacio público en escenario de conversación democrática. Cada saber aporta una pieza. Cada experiencia suma una perspectiva. Cada gesto de cuidado fortalece el tejido común.

El Portal de la Resistencia enseñó que la cultura no es un lujo ni un entretenimiento superficial. Es una herramienta de organización, una forma de participación y una estrategia de construcción de paz desde abajo. Es memoria viva. Es conversación abierta. Es posibilidad.

El arte no es un adorno de la democracia. Es una de sus bases más sensibles y poderosas

Y cuando la historia vuelva a tocar —con rabia, con esperanza o con memoria— habrá quienes respondan desde su propio lenguaje. Con guitarras, con palabras, con semillas, con cámaras, con pinceles o con ollas comunitarias.

Para Diego, la música no es solo una expresión estética ni un escape personal; es una forma de posicionarse en el mundo. Desde el metal, un género que históricamente ha canalizado inconformidades y tensiones sociales, ha encontrado un lenguaje para narrar lo que muchas veces no cabe en los discursos institucionales. En el Portal de la Resistencia entendió que cada acorde, cada golpe de batería y cada grito amplificado eran también una forma de memoria y de denuncia.

Su guitarra no sonó únicamente como acompañamiento de una protesta, sino como parte activa de una conversación colectiva sobre dignidad, justicia y territorio. Porque cuando Diego toca, no lo hace solo como músico: lo hace como ciudadano. Y en ese gesto se reafirma que la cultura no es un margen de la política, sino uno de sus escenarios más honestos y potentes.

Al son que nos toque construiremos. Para Diego López, vocalista de una banda de metal nacida en el sur, resistir fue encontrar una voz propia.

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