«El imperio en decadencia desata monstruos»

Por: Luis Eduardo Tiboche

 

 

Hoy, el peor enemigo de la humanidad es el imperialismo de los Estados Unidos, en cabeza de su presidente Donald Trump, un desquiciado, criminal y genocida. Bajo su tutela, están siendo atacados y amenazados diversos países a lo largo y ancho del planeta, de manera directa y a través de la intervención en procesos democráticos, el caso de Argentina y de Honduras; sus agencias como la CIA y el Mossad azuzan las protestas sociales en Irán a través de bandas armadas por Israel amenazando con “descabezar” al gobierno; bombardean Yemen, Somalia y Nigeria y no cesa el genocidio contra el pueblo palestino de la mano del régimen sionista israelí.

En esta caída libre, el imperialismo gringo está echando por la borda todas las normas, acuerdos y organizaciones construidas por los pueblos después de la Segunda Guerra Mundial. La ONU y sus organismos y cortes internacionales hechos para defender y proteger los derechos humanos constituyen para esta élite criminal una cuestión de paisaje, incapaz de detener sus intereses globales supremacistas.

 La decadencia del imperio

La sociedad norteamericana y de rebrote las sociedades europeas experimentan, desde hace ya más de cuatro décadas, una crisis social, cultural y económica. Cifras dadas por organismos internacionales como la Unicef, sitúan la esperanza de vida y la mortalidad infantil de la sociedad norteamericana por debajo de los estándares de países como Chile y Costa Rica, para solo hablar de la región, allí la salud es un negocio y está totalmente privatizada. En materia de educación, Estados Unidos se sitúa entre los peores clasificados dentro de los marcos de la OCDE, un 8,1% de adultos estadounidenses no sabe leer ni escribir, es decir, son analfabetos; la tasa de suicidios crece cada día más; las masacres entre la población civil son el pan de cada día en una sociedad donde el uso de armas está permitido y es el gran negocio de la industria armamentística; no hay acceso a una vivienda digna, 40 millones de estadounidenses viven en estado de pobreza y 18,5 millones en pobreza extrema, según cifras dadas por el relator especial de la ONU sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, para el año 2025. Existe un alto grado de desempleo, una deuda pública y personal insostenible, déficit comercial, principalmente con China, y un declive acelerado del proceso industrial. Además, una sociedad inmersa en el consumo de opioides y drogas sintéticas, lo cual marca el creciente y jugoso negocio de los carteles, ligados al sector de la banca y una crisis de salud sin precedentes en la sociedad norteamericana.

Con todos estos problemas, la prioridad que ha impuesto Trump, en su segundo período presidencial, ha sido el ataque sistemático y creciente a las poblaciones migrantes y personas que, aunque nacidas en Estados Unidos, por sus rasgos y su color de piel no entran en la categoría de norteamericanos blancos, acusándolas de ser los peores criminales y narcotraficantes que se han aprovechado del país y han empobrecido y envenenado a los Estados Unidos. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, más conocido como ICE, es un cuerpo militar que funciona al estilo de la Gestapo alemana y que está, de manera desembozada, atacando a estas poblaciones. El Estado de Minnesota es hoy el centro de las luchas de las comunidades gringas contra este cuerpo militar y su accionar contra el mismo pueblo. 

Existe, por parte de sectores fascistas en el gobierno, un creciente ataque y censura a escritores, artistas e intelectuales que tengan y planteen ideas diferentes a las del establecimiento (obras de Gabriel García Márquez como: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera están proscritas en varios Estados de la unión americana) o que solamente mencionen y se opongan al genocidio contra el pueblo palestino, son estigmatizados y amenazados.

El “sueño americano” es hoy solamente una ilusión. Por el contrario, la realidad es que Trump pretende detener la caída en picada del imperio a través de la imposición de su poderío militar, es decir, la barbarie contra la “civilización”.

El imperio ataca a América Latina

Recién despuntaba el nuevo año, el planeta quedó sorprendido y en suspenso, los Estados Unidos, el hegemón mundial, había atacado la soberanía de un país latinoamericano: Venezuela, concretándose una amenaza que ya llevaba varios meses acechando desde el cerco naval impuesto en aguas del mar Caribe y, últimamente, con una restricción al espacio aéreo de la nación suramericana.

Un ataque brutal que dejó más de 100 asesinados, entre militares y civiles, de ellos 32 internacionalistas cubanos; en un despliegue de aproximadamente 150 aeronaves sobre el cielo de Caracas, Aragua, Miranda y la Guaira; el bombardeo a bases militares, un puerto dedicado a la exportación de petróleo y el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.

Rápidamente, el discurso de Trump cambió, pasó de acusar al presidente Maduro de ser el director del supuesto cartel narcoterrorista de Los Soles a desnudar sus verdaderas pretensiones, apropiarse de la inmensa reserva de petróleo de Venezuela, declarando que la misma había sido robada a los gringos desde hace más de 30 años, ya que ellos habían sido los que habían construido y puesto en funcionamiento la industria del país.

El asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Stephen Miller, ratificó que serán ellos quienes gobiernen Venezuela, bajo el argumento que: “el mundo se rige por la fuerza”. De esta manera, minimizó los principios de soberanía recogidos en tratados internacionales, llamándolos “sutilezas internacionales” que no se corresponden con el mundo real gobernado por la fuerza. 

El relato del imperio terrorista buscó imponer el “acuerdo” con la institucionalidad chavista, el cual de a poco fue roto por la continuidad del gobierno, a través de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien asumió la presidencia ante la ausencia temporal del secuestrado Nicolás Maduro y la instalación de la Asamblea Nacional realizada días después del intervencionismo gringo.

El mismo Trump se encargó de desilusionar a la oposición venezolana encabezada por la “Nobel de la Paz” María Corina Machado, dejándole claro que “era una persona muy querida, pero muy débil y no la querían en su país”. Posición que unos días después trató de enmendar la misma Machado ofreciendo y entregando “la medalla del Nobel” a quien asesinó a sus compatriotas en la intervención al país y en aguas del Caribe y del Pacífico, demostrando su catadura rastrera y traidora a la soberanía del pueblo venezolano.

La nueva doctrina Monroe

El reordenamiento mundial en el que está empeñado los Estados Unidos tiene como escenario principal el llamado hemisferio occidental y Latinoamérica es su principal campo de acción.

La estrategia de seguridad nacional que plantea es un intervencionismo permanente en los países que Estados Unidos considera su patio trasero, con una reconfiguración de su presencia militar en la región y el expolio de los recursos naturales, teniendo como base el Caribe.

En este contexto, la región se está realinderando, el anuncio que hizo el presidente de Argentina, Javier Milei, de configurar una internacional de ultraderecha en el continente bajo la égida de los Estados Unidos, empieza a tener sus frutos: la elección en Chile de un gobernante vinculado con el nazismo, refuerza esta internacional de la que hacen parte Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Honduras y, por supuesto, El Salvador de Bukele.

Las amenazas permanentes contra México, Brasil y Colombia, la intensificación de las sanciones y el bloqueo a la digna Cuba, hacen parte de la política de matoneo del presidente gringo y obliga a la región a fortalecer sus lazos de unidad y a los pueblos a levantar las consignas antiimperialistas, de soberanía y autodeterminación.

Las amenazas contra el presidente Petro aún son una espada que pende sobre el cuello del mandatario nacional, pese a la llamada que “distendió” el panorama de las relaciones entre los dos mandatarios. Con un personaje como Trump, traidor y matón, se refuerza lo dicho por el Che Guevara el 30 de noviembre de 1964 en un discurso en Santiago de Cuba: “no se puede confiar en el imperialismo ni un tantico así”.

Nuestras luchas antiimperialistas

Hoy nuestra tarea como pueblos exige trabajar por tener una voz articulada desde América Latina que ponga frente al desparpajo con el que Trump se refiere y avanza en considerar a nuestra Patria Grande como una zona alineada con los dictados y las necesidades de los Estados Unidos.

Es urgente aprestarnos a defender nuestras soberanías y autodeterminación, así como luchar y derrotar a este enemigo de la humanidad y la vida.

Defender la vida y la paz en nuestra América, por encima de los intereses imperiales, pasa en nuestra coyuntura actual por garantizar el triunfo de un gobierno que le dé continuidad y profundice los derechos y la vida digna de las comunidades, en general. La derrota en las urnas del proyecto fascista encabezado por Uribe y “todos los que él diga”; pero, también, y con mayor ahínco una movilización permanente en las calles, un aprender a ser poder popular, un extender desde cada cuadra, en cada barrio y en cada vereda de nuestra geografía una Escuela Política Por y Para La Vida.

Hermanarnos con las luchas de los pueblos que, como los palestinos, cubanos y venezolanos, enfrentan la arremetida criminal de la fuerza bruta del imperialismo. El derecho que tenemos como pueblos a nuestra autodeterminación y soberanía debe ser inalienable y profundo para que la vida florezca y se profundice.

El camino no es fácil pero la historia nos dará la razón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Nos gustaria enviarte todos nuestros contenidos digitales y periódicos quincenales, tan solo debes dejarnos tus datos y siempre recibirás en tu correo el contenido!