«Habitar la libertad»

Por: Jenny Bernal

 

 

“El verso es una paloma que busca donde anidar / estalla y abre sus alas para volar y volar” así inicia “Canto libre” de 1970 de Víctor Jara a quien le silenciaron la vida en 1973 en el Estadio Chile. La canción continúa: “mi canto es un canto libre / que se quiere regalar / a quien estreche su mano / a quien quiera disparar. / Mi canto es una cadena / sin comienzo ni final / y en cada eslabón se encuentra / el canto de los demás”. Jara que no cantaba por cantar, “ni por tener buena voz”, cantaba porque su guitarra “tiene sentido y razón”. En tiempos en los que las grandes potencias deciden un nuevo orden mundial, los cantos de libertad invitan a poner la mirada sobre esa palabra que atraviesa la historia, y en ella, una pregunta urgente por la soberanía de los pueblos.

En medio de una industria musical en la que las máquinas sustituyen a los artistas, se estandarizan géneros, gustos y cada vez son más comunes las letras anodinas interesadas en el goce y escape de la realidad en vez de una mirada empática del mundo, los viejos y nuevos cantos de libertad se vuelven un bálsamo, pero también un lugar para el pensamiento y la preservación de la vida. La narrativa de la colonización es ya conocida: pueblos que entran en crisis internas y potencias que se aprovechan; imperios que compran su mando, engañan con discursos grandilocuentes o a veces sin tanta diplomacia intervienen violentamente para robar los recursos y dominar a los más débiles. La historia del pez gordo que se come al chico se repite en lo local y en el panorama global. Parece inevitable escapar de esa tendencia humana de delirio de riqueza y de poder.

La música y la poesía resuenan en tiempos urgentes de sentido. Quizá la aspiración de la resistencia latinoamericana tiene un eco menor, cuando se ve amenazada la autonomía no de uno sino de todos los pueblos a nivel mundial. Tal vez, la metáfora más acorde a estos tiempos tiene que ver con esa cadena que señala Víctor Jara en “Canto libre”, en la que todos somos un eslabón de un canto colectivo. Actualmente una parte de la población norteamericana atraviesa una crisis ética; avances en temas de derechos humanos y de apertura a discursos que desde el feminismo y las diversas luchas sociales prometían un lugar posible a partir del cuidado de la vida, se han visto silenciados por el gobierno actual en un retroceso histórico, un giro hacia la política de hace algunos siglos, menos sutil y más agresiva. Nuestro vecino al norte del continente afina sus garras sin ningún pudor, su máscara se cae, esa misma de la que alertaba Bob Dylan en su canción “Masters of War”: “sólo quiero que sepan / que puedo ver detrás de sus máscaras. / Ustedes que nunca hicieron nada / excepto construir para destruir, / ustedes juegan con mi mundo / como si fuera un juguetito, / ponen un arma en mi mano / y se esconden de mis ojos / y se dan vuelta y corren alejándose / cuando vuelan rápidas las balas”.

Frente al asecho de ese viejo lobo con ansias de extraer los recursos naturales de los países más débiles, como dice Piero en una canción de 1973: “basta de muerte, basta, basta / basta de morir, morir, morir / que se vayan ellos / los que no dejaron nacer y vivir […] los que te prohibieron gritar libertad”. En contraste, ante una política antiinmigrante, artistas le hablan al imperio enfáticamente, como en “Somos más americanos” de los Tigres del Norte, que cuenta con una versión inesperada junto a Zack de la Rocha de Rage Against the Machine: “Ya me gritaron mil veces que me regrese a mi tierra, / porque aquí no quepo yo / quiero recordarle al gringo: yo no crucé la frontera, / la frontera me cruzó. /América nació libre, / el hombre la dividió. / Ellos pintaron la raya, / para que yo la brincara / y me llaman invasor / es un error bien marcado / nos quitaron ocho estados / ¿quién es aquí el invasor?”.

La lista musical es larga: “Ni toda la tierra entera” de Isabel Parra; “Canción con todos” interpretada por Mercedes Sosa; “Frijolero” de Molotov; “El fin de la infancia” de Café Tacvba; “Si somos americanos” en la voz de Rolando Alarcón o la poderosa versión de Panal. “Aquí no hay héroes” de la Severa Matacera; “Quinto centenario” de los Fabulosos Cadillacs; “Somos Sur” de Ana Tijoux; “La Funa” de Alcolyrikoz; “Los dinosaurios” de Charly García; “Buscando América” de Rubén Blades; “Guajira Guantanamera” en la versión de Compay Segundo; “Todos somos iguales” en la voz de Celia Cruz o “Ciencia política” de Frankie Dante y la Orquesta Flamboyán, entre miles de canciones que invitan a ver de manera atenta el mundo que habitamos. 

Ante un aparente laberinto sin escapatoria, en las buenas letras no solo está la invitación a hacerse las preguntas que merecen nuestros tiempos, sino que también aparecen puertas de salida: “el pueblo unido jamás será vencido / el pueblo unido jamás será vencido / la patria está forjando la unidad” como entonan los coros de la icónica canción de Inti-Illimani, o por otro lado, palabras que alientan como la composición de Fito Páez de 1985: “yo vengo a ofrecer mi corazón / y hablo de países y de esperanzas / hablo por la vida, hablo por la nada / hablo de cambiar ésta, nuestra casa / de cambiarla por cambiar, nomás / ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

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