«Sobre el peligros de los símbolos vacíos»![]()
Una advertencia en vísperas electorales
Por: Marco Cardona
Vaciar de sentido las palabras y los símbolos que mueven a todo un sector de la sociedad ha sido la estrategia más eficaz de la derecha colombiana para posicionarse entre un pueblo que (quizás por falta de disposición, de tiempo o de competencias para analizar de forma crítica los discursos) llena esas palabras y símbolos con sus deseos. Así ocurrió con la primera campaña a la presidencia de Álvaro Uribe, en las elecciones de 2002: “Mano firme, corazón grande”, rezaba el eslogan que acompañaba la imagen de un hombre de mediana edad mirando en lontananza con la mano derecha puesta en el corazón. Ese gesto, incluso en la actualidad, se sigue replicando por sus ungidos, personas entrenadas en la falacia y la desinformación, e incluso por gente del común que, de una u otra manera, se ha visto afectada por aquel sector político al que aspira pertenecer.
Hace ya casi veinticuatro años, en un contexto de recrudecimiento del conflicto interno armado, el electorado colombiano favoreció ese símbolo paternalista que el fundador de las Convivir (un hito más del conflicto) puso a circular como una consigna fácil de recordar, pero que, en un análisis concienzudo, debió tenerse por un signo de alerta. ¿Cómo es posible que los mayores de edad de un sistema democrático hubieran llevado al poder a quien se presentaba como alguien dispuesto a castigar con amor?
Todo un anacronismo eso de castigar con amor, un eslogan que nos recuerda lo que el escritor argentino Andrés Neuman analiza sobre el ejemplo contestatario que María Moliner puso en su diccionario. Cuando la célebre lexicógrafa, autora del que Gabriel García Márquez calificó como “el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, se encontró con un ejemplo de uso de la palabra “amor” en la décimo octava edición del diccionario de la Real Academia Española, según Neuman, saltó de su silla. Y no era para menos. En el diccionario de 1956 se leía: “Los padres castigan a los hijos con amor”. Castigar con amor resultaba ser un disparate que, ni en el ámbito de lo doméstico, era aceptable para una persona que indagaba en el sentido profundo de las palabras. María Moliner propuso un ejemplo más preciso y cuidadoso con las acepciones de la palabra “amor”: “Los padres corrigen con amor”.
De modo, pues, que eso de la mano firme y el corazón grande, junto con la fotografía de un colombiano menudito que se presentaba a sí mismo como una persona libre de mácula, se impuso en el país no tanto por el sentido contradictorio que hay entre esos dos elementos de la sentencia (y sí que resultó ser una sentencia para los colombianos), sino porque aquella frase hecha, como sacada de un diccionario de casi cincuenta años de antigüedad, estaba ya vaciada de sentido. Por eso, más allá de llamar al análisis crítico, movió emociones y justificó políticas represivas que desembocaron, incluso, en el incremento de las ejecuciones extrajudiciales ilegítimamente presentadas como bajas en combate, también llamadas falsos positivos.
Enseguida, en el imaginario de los colombianos comenzaron a posicionarse otros tantos símbolos vacíos: confianza inversionista, seguridad democrática, al menos se puede viajar. Narrativas que se hicieron moneda de cambio para una ciudadanía desinformada que, años más tarde, pasó a llenar otros símbolos semejantes no ya con sus deseos, sino (y esto es aún más grave) con sus miedos. Porque la estrategia del símbolo vacío fue tan eficaz que, una vez fuera del poder, Uribe puso a circular expresiones como “castrochavismo”, “ideología de género” y “la paz sí, pero no así”. Esto se dio en un contexto en que un símbolo hueco se le salió de control al flaquito de la mano firme, pues muchos recordarán cuando Juan Manuel Santos llegó a su primer mandato haciendo cara de domesticado y diciendo en los debates que iba a cuidarle los tres huevitos a su predecesor.
Y así la política colombiana ha derivado entre consignas sin significados claros mediante las cuales se ha trazado una agenda de precarización del Estado, persecución de jóvenes, negación de la diversidad, corrupción y otras tantas arbitrariedades que se disfrazan de la Colombia de bien. Todo esto ha propiciado un ambiente mediático de verdades a medias y ocultamientos que, más adelante, fue la incubadora de periodistas cuyo ejercicio consiste en desinformar y generar pánico desde sus tribunas. Es decir que los símbolos huecos del uribismo son también el germen de la posverdad y el posperiodismo.

En ese ambiente, exaltado por cuatro años de oposición a un gobierno contrario al uribismo y la clase política tradicional, se han encarnado nuevos símbolos vacíos en personas sin ninguna idoneidad para dirigir un país y en candidatos unidos en un intento desesperado por restaurar un estado de cosas a la medida de sus ambiciones personales. Antes de referirme a la más peligrosa de aquellas personas que se han prestado para transformarse en una oquedad y llegar al poder a fuerza de corrupción y pantomimas, hablaré de la decadencia del significado a la que llegó la derecha colombiana.
Al discurso fácil de la gente de bien, de que nos íbamos a convertir en la nueva Venezuela, del dólar a diez mil pesos y del efecto nefasto de lo que llaman la “ideología de género” en la familia no le alcanzó para mantenerse en el poder. Acaso el efecto del proceso de paz y de su subsiguiente sabotaje por parte del que dijo Uribe entre 2018 y 2022 sirvió para que el electorado comprendiera que estaba cayendo en una trampa discursiva. Pero es que ya los símbolos sin contenido no daban para más: pasamos del lema de diccionario vetusto a estar presididos por un fámulo de Uribe que hablaba de los siete enanitos en la ONU y jugaba con refrescos instantáneos en vivo para ilustrar conceptos como creatividad y cultura.
Ya en la campaña siguiente, el uribismo pasó a subirse a la “rodolfoneta”. ¿Qué querían decir con “rodolfoneta”? ¿Y qué bien para el país podía traer un usurero que, en conversaciones con sus colegas, se jactaba de vivir cómodamente a costillas de los pobres? Pero el pintoresco personaje llegó a segunda vuelta presidencial como el principal contendor del proyecto progresista por la pura afición al espectáculo de quienes se nutrieron por décadas de mensajes sin sentido. Y hoy, cuando inicia la verdadera contienda electoral, se aplica la misma táctica: los candidatos afirman que Iván Cepeda es la encarnación del mal, cuando se trata de un respetable congresista que lidera las encuestas con una agenda progresista basada en derechos y reformas sociales a las que les temen los grandes empresarios, pues quieren volver a vivir en Colombia como si estuvieran en una finca privada. Y han llegado, incluso, a descontextualizar fotografías del candidato durante el proceso de paz de La Habana para decir que es un guerrillero. Queda la gran pregunta en el aire: si la candidata que más ha acusado a Iván Cepeda de pertenecer a la guerrilla ejerció por años el periodismo, ¿por qué no hizo antes esas denuncias? ¿Acaso se trató de una política editorial que le impidió decirlo, así como estuvo conforme con no informar sobre el conocimiento de Fernando San Clemente, embajador de Colombia en Uruguay en el gobierno de Iván Duque, del funcionamiento de un laboratorio productor de cocaína en una de sus fincas? Parece improbable.
La derecha quiere hacerse con el poder a costa del nombre de un congresista que, por lo demás, ha sido víctima del conflicto armado. Y ahora, con montajes de la más baja categoría que heredaron de los símbolos vaciados de sentido del uribismo, pretenden que colombianas y colombianos se amedrenten con el cuento del Coco. Calumnia, falta de rigor y de creatividad para posicionarse ante la ciudadanía con propuestas claras. Por eso, no es de extrañar que el próximo contendor para el proyecto progresista no salga de la consulta de la derecha, cuyo discurso ha quedado cada vez más en evidencia.
Pero aquel no es un panorama alentador, porque del baúl de la “rodolfoneta” ahora sacaron a una persona disfrazada de pies a cabeza. Se autodenomina el Tigre; viste al estilo de Rin Rin Renacuajo, pese a que hace un tiempo dejó de lado el sombrero encintado; llora como muestra de fe en templos católicos y protestantes, aunque hace años se declaró ateo; se dice abogado defensor, pero cobra en grande para luego tratar de delincuentes a sus defendidos, y, para rematar, se ha hecho tomar fotografías haciendo un saludo militar con el que pretende darle un nuevo toque a la mano en el corazón de Uribe, sin importarle que ese saludo esté reglamentado por las fuerzas militares y se reserve para el personal uniformado.
Abelardo de la Espriella es un símbolo vacío ambulante, y por eso es el más peligroso entre quienes compiten por el beneplácito de Uribe. Ni sus convicciones van más allá de conseguir dinero a como dé lugar, ni sus propuestas pasan de los bombardeos, las fumigaciones aéreas, el cierre de eventuales vías para negociaciones de paz y la reducción del Estado. Y esas propuestas, aunque el hecho de que simpatice con los políticos autoritarios de la región pueda disimular otra de las capas de su disfraz, lo llevan a ser algo así como un Milei disfrazado de Bukele. Y tal vez esa pasión por el disfraz lo llevó a lanzar su campaña con cuentachistes que no se salen de sus personajes mediocres hace más de veinte años.
El símbolo vacío, que comenzó con una mano firme, un corazón grande y un antioqueño con talante de sacristán, ha sido la mejor estrategia de dominación política en Colombia. Y hoy, en su metamorfosis más autoritaria, de la mano de una persona sin más experiencia política que haber disfrutado de las prebendas que Álvaro Uribe le dio a su padre con una notaría y la defensa de paramilitares y parapolíticos, es más importante que nunca hacer ver cómo tales maneras de apelar a la desinformación, a las pasiones y los miedos de la gente son conductas insustanciales que legitiman la desigualdad y la falta de oportunidades. Si la mano en el corazón dejó una cifra luctuosa en el país, ¿qué nos puede esperar con el saludo militar en manos de un abogado para quien la ética no tiene nada que ver con el derecho?