«Las falsas alarmas del niño poeta»
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Por: Andrés Gómez Morales
A setenta y cinco años de su natalicio y a cuarenta y nueve de su muerte, la figura póstuma de Andrés Caicedo sigue chocando con el establecimiento, esta vez, por haber dado fin a su vida en un gesto irreductible a su obra. Los reproches envueltos en moralina vienen de la dirección del Instituto Caro y Cuervo, una institución con una historia que, valga decir, permite rastrear los vínculos entre gramática y poder en Colombia, desde épocas en que los presidentes eran gramáticos y hablar correctamente se convirtió en una forma de distinción social, al igual que un mecanismo para legitimar las jerarquías de clase.
En esa tradición, que data de finales del siglo XIX, la lengua se convirtió en una frontera entre quienes tenían autoridad para definir el buen habla y las buenas costumbres, y quienes se consideraban de menos valía por su manera de hablar, al punto de que se llegó a decir que en Bogotá se hablaba el mejor español del mundo, respecto a quienes venían de otras regiones, por ejemplo, de la ciénaga del Magdalena como en el caso de García Márquez o de quienes fueron influenciados por la música del caribe y afroamericana que encontró un suelo en EE. UU. con la salsa y en Inglaterra con el rock; en el caso de Andrés Caicedo.
Es cierto que las obras de estos escritores resuenan en diferentes frecuencias, no tienen el mismo alcance, pero ambas alteraron el orden convencional de los usos del lenguaje bogotano exaltado por Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro, al crear nuevas convenciones lingüísticas, menos arraigadas a la tradición española y ligadas a las transformaciones sociopolíticas del idioma en Latinoamérica.
Malcolm Deas en Miguel Antonio Caro y amigos: gramática y poder, explica que el prestigio de los gramáticos colombianos a finales del siglo XIX y principios del XX no puede separarse de las redes intelectuales y políticas que hicieron de la lengua una fuente de autoridad. La figura del gramático, dice, reunía en tiempos de hegemonía conservadora, dos formas de autoridad: la del hombre de letras y la del dirigente público. La lengua española en Bogotá, vinculaba a las élites con la tradición intelectual europea, lo que les permitía participar en debates sobre la educación, la identidad nacional y los modelos culturales considerados legítimos desde una perspectiva colonialista.

A inicios del siglo XX la defensa del español formaba parte de un proyecto que atribuía a la educación un papel fundamental en la organización de la sociedad y en la preservación de determinados valores culturales heredados. Por otra parte, Andrés Jiménez Ángel en Ciencia, Lengua y Cultura Nacional. La Transferencia de la Ciencia del Lenguaje en Colombia, 1867-1911, muestra cómo las élites conservadoras vincularon la defensa del español con un proyecto de nación católico, hispanista y jerarquizado, en el que la educación y las instituciones culturales contribuían a establecer los criterios de la cultura legítima. Las elites buscaban regular la escritura y el habla, además de determinar qué tradiciones, valores y formas de expresión debían representar al país.
Desde esta perspectiva, las declaraciones del nuevo director del Caro y Cuervo en el natalicio de Andrés Caicedo, aludiendo su suicidio, reducen la obra del escritor caleño a una promesa fallida que se truncó en los excesos y revive la relación entre corrección gramatical, distinción social, el hablar y escribir bien con las buenas costumbres.
Por supuesto, que el Instituto Caro y Cuervo ha evolucionado más allá de la cultura elitista letrada del siglo XIX, ha impulsado los estudios decoloniales, las lenguas indígenas, la integración del lenguaje inclusivo y la experimentación literaria, siguiendo el pluralismo de la Constitución del 91. Lo extraño es que el nuevo director del Instituto, pretenda retroceder a los años de conservadurismo con sus declaraciones sobre escritores como Caicedo, en una clara línea al actual gobierno nacional que rigen, detrás de Abelardo De La Espriella, los herederos del ultraconservador Laureano Gómez, defensor de la Constitución de 1886 en la que Caro y Rafael Núñez instauraron el catolicismo como la religión nacional para perpetuar las elites en el poder, además de considerar que aportes indígenas y africanos a la mezcla racial colombiana eran “estigmas de completa inferioridad”, según lo documenta Juan Sebastián Lozano en la Revista Raya.
La superioridad moral que ostenta Sergio Esteban Vélez, actual director del Caro y Cuervo, no proviene de su producción académica y literaria sino de su discurso político y su cercanía con figuras de la vida pública entre las que se cuentan Iván Duque y Álvaro Uribe, con quienes comparte sus posturas anticomunistas, y el presidente poeta Belisario Betancur que llegó a decir con ligereza que Sergio Esteban era un niño prodigio de las letras similar a Rimbaud. Vale la pena si el reconocimiento mediático que tuvo desde la infancia, sus poemas publicados a los trece años o su interés temprano en la política y la religión, justifican el nombramiento de Vélez por parte la ministra de las Culturas Paola Holguín (funcionaria sin experiencia en el sector, pero, acorde al abelardismo, enemiga del arte y la cultura).
Hay serios cuestionamientos por parte de la comunidad académica y de un gran sector de la opinión pública por las opiniones de Vélez difundidas en canales oficiales del Instituto, porque no representan el enfoque lingüístico y literario actual del Caro y Cuervo. Por otra parte, desde otros medios, se dice que hay incertidumbre si tendrán continuidad proyectos como la documentación de lenguas indígenas y la renuencia de aprobar actividades que no se centren en la lengua española.
En cualquier caso, resulta inconveniente replicar las ocurrencias del otrora “niño poeta” en medios oficiales, pues tiene ambiciones desproporcionadas como las de recibir un premio Nobel o ser presidente de la república. Lo cierto es que su moralismo ha cautivado a quienes están en el poder. Si sale del Instituto por presión de la comunidad académica se corre el riesgo de aumentar su popularidad. Lo veremos, entonces, ampliando el discurso ultraconservador desde algún ministerio. Este gobierno no celebra a Andrés Caicedo, aunque se tambaleaba en abismos sorteando la exclusión lingüística para ampliar el campo de la literatura al de la música y el cine; sino a personajes que en nombre de Dios pueden llegar a constreñir los usos de la lengua.