«Tejiendo lo quebrado»
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Una historia sobre el aborto voluntario, una Colombia deconstruida y una ruta informativa
Por: Valentina Marín Gómez
Hablar abiertamente sobre el aborto voluntario y legal, durante el mes de la reivindicación de los derechos de las mujeres, no es solo una cuestión de salud pública, sino un acto de justicia social. Al poner este tema sobre la mesa, desarticulamos los silencios impuestos y devolvemos a las mujeres el derecho fundamental a decidir sobre su propio proyecto de vida.
Reconocer la interrupción del embarazo como un derecho es validar que nuestra dignidad no está sujeta a mandatos biológicos o religiosos, sino a nuestra capacidad soberana de elegir nuestro destino.
La historia de Ana relata la realidad de muchas niñas y sus familias, que se deconstruyen cambiando su opinión a favor del aborto. Esta historia no habla solo sobre la legalidad o la clandestinidad, sino sobre las consecuencias emocionales, sobre los sentires de quien se somete a un aborto, sobre lo que experimenta una niña en medio de este proceso.
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La historia
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Ana, con solo 14 años, vivió una experiencia que la marcó para siempre. En su desconocimiento sobre lo que era un retraso menstrual y el temor de no saber cómo explicarle a sus padres que había iniciado su vida sexual, se enfrentó a un torbellino de emociones que en ninguna de las 12 materias del colegio le explicaron cómo manejar. Un nudo se formó en su estómago cuando el resultado de la prueba de embarazo casera confirmó sus peores temores: estaba embarazada. El mundo parecía derrumbarse a su alrededor.
Al enterarse, Ana sintió una mezcla de terror y desesperación. Las preguntas y los “¿qué voy a hacer?” la abrumaban, pero sabía que no podía enfrentarlo sola. Por suerte, su madre y su suegra la acompañaron en el proceso de hacerse la prueba de sangre, con la que terminaría de corroborar los resultados de la prueba casera. Sin embargo, la pequeña no se dio la oportunidad de sentir el dolor de aquella noticia, sino que centró toda su atención en brindar un apoyo incondicional a su madre, Laura, quien, tanto física como emocionalmente, se desplomó mucho más que ella. Luego de esto, todos sus pensamientos comenzaron a dirigirse a cómo afrontar a su padre.
Meses antes, una amiga cercana de Ana había pasado por una situación similar. En su caso, junto con sus padres, tomó la decisión de realizar la interrupción voluntaria del embarazo. Sin embargo, los padres de Ana habían juzgado fuertemente esa decisión, guiados por sus creencias religiosas y su desacuerdo con este tipo de procedimientos. En su momento, incluso, hablaron con otras personas sobre el caso, cuestionando lo ocurrido y reafirmando su postura frente a este tipo de decisiones; incluso llegaron a prohibir la amistad entre las dos jóvenes.
Los siguientes días fueron de incertidumbre y miedo. Los padres de Ana se reunieron con ella para discutir las opciones. Ella ya sabía lo que quería hacer y cuál era la decisión que más le convenía, en especial para su salud, pero no estaba dispuesta a decidirlo sola: necesitaba el apoyo de sus padres. Después de una sola conversación y muchas lágrimas, tomaron la decisión de interrumpir el embarazo de manera legal. Finalmente, los tres terminaron convencidos de que era lo mejor. Luego de la primera visita médica confirmaron, además, que el cuerpo de Ana no estaba listo para soportar un embarazo.
El proceso comenzó con una visita al médico. La institución médica a la cual acudieron por urgencias les explicó en detalle las etapas del procedimiento y los cuidados necesarios. Ana escuchaba en silencio, asimilando cada palabra mientras sus padres le apretaban las manos, brindándole el apoyo que tanto necesitaba. Sentía miedo, pero también un alivio al saber que estaba con profesionales y que no enfrentaría esto sola, pero también una culpa que, más que religiosa, era una culpa de madre, un rol que sentía que ya estaba ocupando, aun haciendo el proceso de interrupción.
Los días previos al procedimiento fueron un torbellino emocional para Ana. Entre momentos de calma y ataques de pánico, temía las implicaciones de su decisión y el procedimiento en sí. Además de la culpa de no poder hacerse responsable del ser humano que traía en camino, también sentía culpa por todos los gastos físicos, económicos y emocionales que les hizo vivir a sus padres. Ellos, conscientes de su fragilidad, trataban de mantener un ambiente tranquilo, pero cruzaban la línea de la incomodidad.
El día del procedimiento, Ana llegó al hospital mucho más tranquila. Laura, por el contrario, llegó con el rostro pálido y las manos temblorosas, aunque sosteniendo a su pequeña firmemente. La sala de espera parecía más fría y silenciosa de lo habitual. Cuando finalmente la llamaron, Ana sintió un miedo paralizante, pero se armó de valor. Con una última mirada de sus padres, quienes le sonrieron con lágrimas en los ojos, entró en la sala.
El procedimiento fue rápido y sin complicaciones, pero el impacto emocional fue profundo. Al ser tan pequeña, permitieron el ingreso de uno de los padres a la sala; quien tomó la mano de Ana por primera vez fue su padre, quien no se separó de ella en todo este proceso.
Ana sintió una mezcla de alivio y un enorme vacío cuando todo terminó, y no precisamente un vacío físico. Los días siguientes fueron muy difíciles. Aunque su cuerpo había sanado, su mente seguía atrapada en una maraña de sentimientos contradictorios. Sus padres notaron cambios en su comportamiento: Ana, después del proceso, estuvo más callada, pasaba más tiempo sola y parecía más distante.
No solo se fracturó ese cuerpo que fue sometido al aborto, sino la confianza de unos padres que ya no creían en su hija; la relación de unos padres que sintieron que el uno permitió más cosas que el otro; también la autocrítica de cada uno, preguntándose a sí mismos si algún día se podrían perdonar, ya que era una familia construida bajo ciertos “valores” religiosos y esta fue una de las cosas que más les quitó la paz.
Aunque la experiencia dejó cicatrices que aún no han sanado por completo, juntos siguieron el camino hacia la recuperación, en especial la emocional. Los tres estuvieron dispuestos a recorrer, paso a paso, día tras día, mientras tejían de nuevo todo aquello que se partió en miles de pedazos, como la confianza, las relaciones, los cuerpos y las emociones.
El proceso de acceder a un aborto legal actuó como un sismo que agrietó los cimientos de esta familia, pero en esas fisuras germinó una transformación obligatoria. Al enfrentarse a la realidad en carne propia, se vieron forzados a tejer lo quebrado: a recoger los restos de esos valores religiosos rígidos y esos señalamientos que alguna vez lanzaron contra otros, para entender que la moralidad era distinta cuando el rostro del “pecado” era el de alguien a quien amaban.
La experiencia de Ana evidencia que, lejos de las simplificaciones y los discursos polarizados, el acceso al aborto legal no constituye un proceso sencillo ni exento de cargas físicas y emocionales. Su historia desmiente la idea de que se trata de una decisión tomada a la ligera o de un procedimiento asumido sin mayor trascendencia. Por el contrario, atravesó miedos, tensiones familiares, cuestionamientos internos y una profunda confrontación con su realidad. Reducir estos procesos a elecciones impulsivas o incluso banalizarlos como si respondieran a un acto voluntario sin consecuencias invisibiliza la complejidad que los rodea. En casos como el de Ana, se hace evidente que estas decisiones están marcadas por la incertidumbre, la presión del entorno y la necesidad, más que por la ligereza con la que a menudo son juzgadas socialmente.
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Colombia: un país que rompió el silencio
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Durante décadas, Colombia fue un tejido apretado de dogmas religiosos y leyes restrictivas que silenciaron la autonomía de las mujeres. Este tejido, aunque parecía sólido, estaba sostenido por el hilo de la culpa y la criminalización, obligando a miles a vivir su sexualidad y sus decisiones reproductivas desde la clandestinidad.
El primer gran quiebre de esta estructura ocurrió en 2006, cuando la Corte Constitucional reconoció que la prohibición absoluta del aborto era una forma de tortura, permitiendo el acceso bajo tres causales históricas. Ese momento marcó el inicio de una deconstrucción social: la nación comenzó a entender que las creencias personales no podían estar por encima de los derechos fundamentales a la vida y la salud.
Estas tres causales contemplaron situaciones específicas: cuando el embarazo representaba un riesgo para la vida o la salud de la mujer; si existía una grave malformación del feto que hiciera inviable su vida; y en casos en los cuales el embarazo era resultado de una violación, incesto o inseminación no consentida. Bajo estos supuestos, el Estado reconoció la necesidad de garantizar el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo, marcando un precedente en la protección de los derechos fundamentales por encima de restricciones absolutas.
El tejido nacional se transformó para siempre el 21 de febrero de 2022 con la histórica Sentencia C-055. En ese momento, Colombia se atrevió a quebrar el estigma legal de forma contundente al despenalizar el aborto y hacerlo libre y voluntario hasta la semana 24. Este acto jurídico no fue solo un cambio de normas, sino un reconocimiento de que la soberanía sobre el propio cuerpo es la base de la ciudadanía.
Al romper con la idea del aborto como un delito, el Estado colombiano obligó a las instituciones de salud y a la sociedad entera a transitar desde el juicio moral hacia la garantía de un servicio digno, seguro y humano, situando al país a la vanguardia de los derechos reproductivos en América Latina.
Hoy, el reto de Colombia consiste en tejer lo quebrado sobre las bases de una nueva ética social. Aunque las leyes han cambiado, las cicatrices de los prejuicios y el señalamiento religioso aún persisten en muchas regiones del país, creando barreras que intentan deshilachar lo avanzado. Reconstruir este tejido social implica desaprender la condena y abrazar la empatía, entendiendo que la libertad de una es la libertad de todas.
En este mes recordamos que un país que se atreve a romper con sus tabúes es un país que está sanando; estamos tejiendo una historia donde la maternidad es un deseo elegido y el Estado es el garante de que ninguna mujer vuelva a ser quebrantada por el peso del estigma.
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Guía: Tejiendo la ruta de la libertad y la salud
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Si has decidido interrumpir tu embarazo, estas son las hebras que sostienen tu derecho:

En Colombia, el acceso a la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) es un derecho fundamental que está integrado en el sistema de salud. Para obtener información confiable, agendar una cita o recibir asesoría, estas son las opciones oficiales y las organizaciones con mayor respaldo según el Ministerio de Salud y Protección Social:
1. Tu Entidad Promotora de Salud (EPS)
Por ley, todas las EPS en Colombia están obligadas a garantizar el servicio de IVE de manera gratuita y sin barreras hasta la semana 24.
Cómo proceder: debes solicitar una cita de “salud sexual y reproductiva” o directamente una valoración para IVE. No necesitas autorización de terceros ni denuncias (antes de la semana 24).
2. Profamilia
Es la organización líder en derechos reproductivos en el país. Ofrecen acompañamiento integral y cuentan con clínicas en casi todas las ciudades principales.
Página web: profamilia.org.co
Información y aborto seguro: 318 735 1722 (WhatsApp)
Línea nacional: 300 912 4560
WhatsApp (Chat Emilia): 318 531 0121
3. Mía (plataforma de telemedicina)
Es una opción segura para quienes prefieren realizar el proceso de forma privada y desde casa, siempre bajo supervisión médica y si el tiempo de gestación lo permite.
Página web: mia.com.co
4. Línea Púrpura (Bogotá)
Si estás en la capital y necesitas orientación no solo médica, sino también legal o psicológica frente a posibles barreras.
Teléfono: 01 8000 112 137
WhatsApp: (+57) 300 755 1846
Al final, Tejiendo lo quebrado nos recuerda que el aborto legal en Colombia no es solo una cifra médica o un debate en los tribunales, sino la posibilidad real de que niñas como Ana y familias enteras no sean destruidas por el peso de la clandestinidad. La historia de esta familia, que pasó del terror y la culpa religiosa a la contención emocional y la empatía, es el reflejo de un país que también está sanando sus propias grietas. Aunque la confianza se haya fracturado y el vacío sea profundo, hoy contamos con hilos sólidos —leyes claras, rutas de salud seguras y una sociedad más consciente— para reconstruirnos.
En medio de un mes marcado por la reivindicación de los derechos de las mujeres, entendemos que la verdadera justicia social ocurre cuando dejamos de condenar para empezar a acompañar, transformando el dolor de lo roto en la fuerza de una autonomía que, por fin, nos pertenece a todas.