Agua china

«Agua china»

Fuimos muy felices, Juliana, mi perrita Galatea y yo, estudiando, comiendo bombombún y estrenando cocina.

Por: David Gil

 

Apple lanzó hace pocas semanas la última línea de sus famosos teléfonos celulares. Un Iphone 12 puede llegar a costar siete millones de pesos. La novedad más llamativa de estos nuevos celulares es que, según la página de Apple Colombia, no vienen con audífonos ni cargador: «Esto reduce el tamaño del empaque, lo que nos permite poner más cajas en un contenedor y así reducir la cantidad total de envío. También le estamos exigiendo a nuestros proveedores que adopten fuentes de energía renovables». Sus proveedores son los chinos, los mayores extractores de tierras raras del mundo. Las tierras raras son los minerales con que se fabrican las pantallas y otros componentes de los celulares y los computadores, entre otros aparatos eléctricos. Pero las tierras raras no pueden usarse así tal cual se extraen del suelo, es necesario un proceso de criba que separa lo que no sirve de los minerales útiles. Yo me imagino que este proceso ha de ser parecido al de la minería, que para extraer oro y plata debe usar una cantidad inconmensurable de agua y químicos ácidos que terminan, muchas veces, contaminando la tierra y las fuentes naturales de agua. Esta historia, debo aclarar, la escribo en un Apple MacBook Pro modelo 2012 mientras consulto mi IPhone SE de 2016 para ver quién me habla por WhatsApp. Ello, sin embargo, no me impide pensar e hilar esta historia que, en últimas, es inventada, o sea, ficción: «Apenas nos estábamos acomodando bien al apartamento nuevo, que en realidad tenía casi cuarenta años. La cocina, aunque recién renovada, seguía siendo demasiado pequeña, incluso para dos. Era una de esas cocinas de oficina: lavaplatos para tazas de café y hornillas estrechas. Dos gabinetes Home Center de promoción con esos mecanismos hidráulicos de cierre que se retraen con violencia, entonces prestamos plata para comprar otra. La cocina nueva no solo quedó bonita, sino práctica. Se demoraron una semana en instalarla: hubo que tumbar el embaldosado viejo y reinstalar los cables de luz, el agua y la tubería. Yo hubiera estado pendiente del trabajo, muchas veces había escuchado que uno debía ser vigilante con los trabajadores, pero nunca he servido para asumir una posición de poder, aunque toda mi vida he sido profesor. Los profesores tienen algo de poder, claro. Finalmente terminaron y todo quedó aparentemente bien. El agua salía sin problema por la grifería, el horno calentaba y los quemadores de gas encendían al ruido de la chispa. Por esos días pasaba la noche leyendo en silencio para la tesis del doctorado. Leyendo y escribiendo toda la noche. No bebía café, solo comía bombombún: podía llegar a comer hasta seis seguidos. No podía comerme el siguiente bombombún sin lavarme los dientes, temía que el azúcar me dragara las muelas. Así, unas dos semanas o tres. Fuimos muy felices, Juliana, mi perrita Galatea y yo, estudiando, comiendo bombombún y estrenando cocina, una cocina amplia y bella que todavía olía a nuevo. Hasta que un día descubrí que se me habían opacado los incisivos superiores, los dientes que uno tiene al frente. A los pocos días, noté, además, una grieta pequeña en el derecho y caí en pánico. El odontólogo no supo decirme que tenía, tan solo atinó en diagnosticar pérdida del esmalte dental. Le conté lo de los bombombunes y dijo que no; le conté que me cepillaba los dientes muchas veces al día, después de cada bombombún, y dijo que muy bien, pero que tampoco. Me contó que él podía comerse una bolsa de bombombunes en una sentada, pero yo dejé de comer bombombún por miedo a que se me cayeran los dientes. Cambié de cepillo y de crema dental, compré una para dientes sensibles, hasta que un día me di cuenta de que Juli no le daba a Galatea agua del grifo nuevo, el que vino con la cocina, sino de la canilla del lavadero. Le pregunté por qué y me contó que Gala no recibía el agua del grifo del lavaplatos. No me había dado cuenta de que esa agua olía a metal. Busqué en la garantía para saber más y descubrí que era hecha en China. Con esa agua yo llenaba la botella metálica de la que bebía por las noches cuando estudiaba comiendo bombombún, de esa agua china que mi perrita no quiso beber porque sabía que tenía exceso de plomo, que fue lo que me dañó los dientes. Desde entonces, siempre le pongo mucho cuidado a Gala, ella sabe más que yo de las cosas de este mundo.

1 comentario en “Agua china”

  1. Ay papá, Galatea nos da tres vueltas. Una cagada que vendan veneno en Homecenter. De todas maneras no sé cómo terminó la tesis lavándose los dientes ocho veces en la noche.

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