«Contravía»

en la música y en la noche nos encontramos

Por: Mateo Duarte del Castillo

 

 

Si uno pasa buena parte de su vida entre libros, películas clásicas y eso que llaman la “banda sonora de la vida”, tarde o temprano siente el deseo de retribuirle algo a la sociedad que le permitió tomar ese camino y no quedarse únicamente como un consumidor que comenta su última lectura en una tertulia con amigos. Eso, al menos para mí, tiene algo de comodidad y de cobardía.

No es el caso de Andrés Gómez Morales. Su interés por estudiar y conversar sobre aquello que lo apasiona, y luego convertirlo en materia literaria, merece atención. Escribir un buen libro, lograr publicarlo y sostenerlo con rigor narrativo ya es una tarea nada menor. Más aún cuando el primero de los ocho cuentos que componen Contravía (Nueve Editores, 2025) comienza con una experiencia heavy metal en la ciudad del sol y del acero de finales de los años ochenta, donde el autor pasó parte de su infancia, y se proyecta luego hacia una inmersión en la noche bogotana.

Hay, además, un gancho generacional desde las primeras páginas. Los personajes y la red de relaciones que los rodea anticipan el tono que atravesará todo el libro. Las consecuencias de un accidente, narradas bajo el influjo del primer disco de The Police, terminan marcando la actitud que los protagonistas arrastrarán en el resto de los relatos. Ahí empieza a consolidarse uno de los mayores aciertos de Contravía: la capacidad de construir atmósferas a partir de los detalles. Las ropas, los perfumes, las calles nocturnas y la observación minuciosa de los comportamientos logran transportar al lector a un espacio de realidad áspera y reconocible.

No hace falta haber leído todo lo que leyó Andrés para entrar en sintonía con el libro; basta cierta sensibilidad frente al cine, a la complejidad de las relaciones humanas y, sobre todo, una conexión genuina con la música. Por eso resulta tan interesante la playlist que acompaña la lectura y que va hilando una narración paralela de las historias, como si un dj selector guiara emocionalmente el recorrido del lector. La memoria selectiva del autor es fundamental en ese mecanismo: importa poco cuánto de lo contado fue vivido realmente y cuánto pertenece a la invención. Al final, todos hemos pasado, de una u otra manera, por escenarios similares y hemos convivido alguna vez con habitantes de la noche. De ahí que la identificación con el universo que propone el libro sea casi inmediata.

Bogotá también funciona en Contravía como un territorio oscilante entre lo real y lo imaginario. La ciudad se multiplica en ocho universos distintos que, aunque habitan la misma urbe, parecen existir bajo reglas emocionales propias. No se trata de un procedimiento nuevo en la literatura urbana; lo interesante aquí es la manera en que Andrés Gómez Morales comprende esa complejidad y la desarrolla en un mapa narrativo coherente, atravesado por símbolos y recurrencias visuales. Entre ellas destaca un automóvil Datsun blanco que emerge como un punto de claridad en medio de la noche. El recurso, claramente emparentado con el cine de carretera y persecución, en películas como Amores Perros, Vanishing Point o Bullitt, funciona como un dispositivo narrativo que conecta historias, articula el movimiento del libro y le da continuidad a ese tránsito permanente entre memoria, deriva y ciudad.

Contravía es también un libro sobre la forma en que la noche moldea a quienes la habitan. Sus relatos diseccionan la diversidad oscura de Bogotá y retratan una fauna reconocible para quienes atravesaron los años noventa y las primeras décadas del dos mil entre bares, conciertos, excesos y búsquedas personales. En ese recorrido, la música deja de ser un simple acompañamiento y se convierte en una forma de memoria colectiva, en una manera de reconocernos dentro de una misma generación emocional.

En ese sentido, Contravía reúne ocho relatos atravesados por la memoria, el deseo, la violencia y el desencanto de quienes sintieron el final del siglo XX y el desgaste emocional de las primeras décadas del nuevo milenio. Como si se tratara de un disco de dos caras o de una miniserie fragmentada, los cuentos se articulan mediante la aparición recurrente del Datsun blanco que atraviesa la noche bogotana conectando personajes, atmósferas y destinos. En sus páginas conviven tragedias amorosas marcadas por la velocidad y la música; relaciones fracturadas por la memoria difusa y la violencia nocturna; cantantes de metal gótico que cruzan el límite de la fascinación; ceremonias de yagé que revelan heridas coloniales; búsquedas de fiesta que desembocan en experiencias límite y personajes derrotados por el desamor, la traición o el peso de secretos ancestrales.

Más que un libro autobiográfico, Contravía reconstruye una época en la que la experiencia todavía pesaba más que la virtualidad y donde la ciudad, la música y la noche funcionaban como escenarios de formación sentimental y extravío. Ahí radica buena parte de su fuerza: en la capacidad de hacer que el lector reconozca, entre canciones, calles y sombras, algo de su propia memoria.

En estos tiempos convulsos, marcados por lecturas fragmentadas por la lógica de las multipantallas, por la ansiedad colectiva y el desgaste emocional de la hiperconectividad, el libro de Andrés se lee con fluidez y naturalidad. Hay en Contravía un regreso a una sensibilidad previa a internet que muchos todavía añoran. Por eso resulta importante leerlo en formato físico: el contacto con el papel, al igual que ocurre con los formatos musicales tangibles, como los vinilos o los CD, se convierte en una forma de nostalgia necesaria, casi en un pequeño acto de resistencia frente a la fugacidad de la época

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