«La pelota no se mancha»
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Por: Camilo Medrano V.
Hace mucho tiempo que la pelota está manchada y el 11 de junio, con ocasión de la inauguración de la Copa Mundial de Fútbol, volvió a rodar en Ciudad de México, a pesar de las álgidas movilizaciones que se desarrollaron alrededor del estadio Azteca, los cierres viales, la desproporcionada presencia policial, las vallas y los muros de contención en varios estados del país. Para el sistema-fútbol, el show debía continuar.
En Colombia bien sabemos de eso. El fútbol ha sido instrumentalizado una y otra vez en nuestra historia reciente para ocultar asuntos de interés nacional. En 1970, mientras Misael Pastrana y el general Rojas Pinilla se enfrentaban en las urnas, la gente se deleitaba siguiendo la transmisión del Mundial. Los gritos de gol apaciguaron los de fraude. Como si fuera otro avatar del destino, en 1985, se transmitió por televisión un partido del fútbol profesional colombiano en medio de la toma al Palacio de Justicia ejecutada por el M-19, cuya retoma, efectuada por agentes del Estado, desató un crimen que permanece impune y por el que las víctimas y los familiares de los desaparecidos aún exigen justicia.
La importancia de reivindicar una práctica deportiva que pertenece al patrimonio de los pueblos se hace cada vez más patente cuando en Colombia, en medio de las elecciones presidenciales, la campaña del candidato Abelardo de la Espriella, además de usar los símbolos patrios, llamó a sus electores a usar la camiseta de la selección colombiana antes de la primera vuelta, en una clara instrumentalización de un símbolo que le pertenece a la nación y a pocos días del inicio de la Copa Mundial.
Como si fuera poco, en la despedida que Gustavo Petro le hizo al seleccionado colombiano en el aeropuerto de CATAM quedó registrado el desobligante gesto del jugador James Rodríguez hacia la hija del presidente. Esa actitud cobra relevancia, de acuerdo con las investigaciones periodísticas de Gonzalo Guillén y Julián Martínez, si se tiene en cuenta que Abelardo de la Espriella funge como abogado del jugador, del que es bueno también recordar que debutó en el Envigado F.C., club financiado con los dineros ilícitos de la otrora organización criminal “La Oficina”, integrada por los antiguos socios del Cartel de Medellín.
De igual manera, no está de más mencionar que muchos de los convocados a representar al país en la cita mundialista han expresado públicamente su simpatía con la derecha política colombiana e incluso han posado junto a Álvaro Uribe. Entre ellos, Jerry Mina, quien le sirvió de sostén al expresidente mientras este cabalgaba a su alrededor en una de sus haciendas, recordándonos la abominable imagen de la esclavitud ejercida contra los pueblos negros.
Muchos dirán que el fútbol no debería politizarse, pero hace rato que el fascismo lo hizo. La Copa del Mundo de 1938, celebrada en Francia, estuvo marcada por la anexión de Austria al Tercer Reich. En el caso conocido como el “Anschluss”, Hitler obligó a integrar jugadores austríacos a la selección alemana en clara demostración de supremacismo y la propaganda nazi. Jugadores como Matthias Sindelar, llamado en su momento el “Mozart del fútbol”, se negaron a jugar para Alemania en un acto de resistencia simbólica. Más tarde, iniciada la Segunda Guerra Mundial, Hitler vió frustrada su intención de realizar la Copa en territorio alemán.
Por si fuera poco, la Copa Mundial de 2014 en Brasil sirvió como puesta en escena para que la derecha golpista promoviera la destitución de la presidenta Dilma Rousseff mediante un “impeachment”.
No es admisible que la FIFA y su presidente, Gianni Infantino, se hayan sacado de la manga un premio de paz para entregárselo ceremonialmente a Donald Trump como consuelo por no haber conseguido el Premio Nobel de Paz. Más aún, cuando está demostrada la brutal injerencia de los Estados Unidos en Venezuela y en Cuba, su intervención en las elecciones de Honduras y Colombia y su responsabilidad en el genocidio en Gaza liderado por Israel. También es por lo menos inusual que se haya celebrado esta edición del Mundial en dos países sin tradición futbolera como lo son Estados Unidos y Canadá, mientras el ICE persigue y aguarda a las afueras de los estadios para capturar migrantes latinos indocumentados, retenerlos y regresarlos en condiciones inhumanas a sus lugares de origen, sin que sea noticia.
En Colombia, el barrismo social de los diferentes equipos locales ha dado un importante paso en la dirección de reivindicar el fútbol popular manifestando su apoyo a la campaña de Iván Cepeda y Aida Quilcué. No está demás pensar en la posibilidad de que se legisle en favor de que las hinchadas tengan una verdadera participación en la dirección de los clubes de fútbol, más allá del sistema de abonados que ha demostrado hacer más rentable el negocio en el que han convertido el deporte. Para inspirarse basta con recordar la democracia corintiana y al gran jugador brasileño Sócrates, o voltear a ver la experiencia cooperativa del F.C. United, club de la segunda división inglesa del que sus hinchas son dueños.
Ya es tiempo de plantearse seriamente un cuestionamiento social e internacionalista contra el sistema-fútbol como espectacularización de la dominación e instrumento de guerra imperial. El legítimo intento de boicot protagonizado por miles de maestros mexicanos movilizados durante semanas en Ciudad de México exigiendo el alza de sus salarios, la derogación de una ley pensional lesiva para los trabajadores del Estado, sumado a las protestas de estudiantes, normalistas rurales y madres buscadoras de los miles de desaparecidos, no impidieron que la pelota rodara.
Por toda la ciudad se puede leer publicidad oficial de la administración capitalina que reza: “La pelota vuelve a casa” en alusión al juego prehispánico que practicaban los mexicas (aztecas) y que consistía en golpear con la cintura, y no los pies, la pelota hasta pasarla en medio de un aro elevado. Las madres buscadoras coreaban al unísono mientras intentaban arribar y poner de presente sus demandas en la inauguración del mundial: “¿Y cuándo volverán a casa nuestros desaparecidos?”
Por un momento, su grito fue ahogado por el pitazo inicial del primer partido México – Sudáfrica y la algarabía de un estadio a reventar con entradas impagables para la gente más humilde que disfruta y juega al fútbol popular. El partido que una parte del mundo pudo ver, gracias a los derechos de transmisión pagados con multimillonarios contratos que hacen cada vez más poderosa a la FIFA, terminó 2 a 0 en favor de México. El que se juega en la calle al calor de la lucha social está en ciernes con un costo político muy alto para el gobierno de Sheinbaum.
Finalmente, a pesar del estado de guerra permanente que se libra en el mundo y de la escalada neofascista, para el indolente mercado del fútbol: el partido debe continuar.