«La derecha popular: una ilusión bien construida»
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Por: Andrés Gómez Morales
La elección se decidió mucho antes de que los colombianos fueran a las urnas. Lo que ocurrió el día de la votación fue apenas el desenlace de una campaña que comenzó en los primeros días del Gobierno del Cambio. Mientras Iván Cepeda demoró la construcción de su candidatura, convencido de que sería el sucesor natural de Petro, sus adversarios libraban una disputa permanente por el sentido común de los votantes. Contaron para ello con el respaldo de los grandes grupos económicos propietarios de los principales medios de comunicación, cuya línea editorial instaló durante cuatro años una imagen persistente del gobierno asociada al fracaso, la improvisación y el fantasma de la guerrilla. La respuesta oficial fue convertir los medios públicos en un instrumento de contrainformación y propaganda, una estrategia que terminó debilitando su credibilidad, en medio de las controversias que rodearon la gestión de Hollman Morris. A ello se sumó un discurso de culto cristiano, donde se repetía que Petro pretendía destruir la familia tradicional e incluso que actuaba con ayuda demoníaca. Cuando Cepeda llegó a la campaña formal, buena parte del terreno simbólico ya estaba ocupado.
No fue fácil advertir cuándo la derecha dejó de ser el proyecto político de unas élites para convertirse en una identidad capaz de seducir a sectores populares y de clase media. La campaña de Abelardo de la Espriella entendió ese cambio y lo aprovechó. Su discurso encajó con el relato que los grandes medios habían instalado durante cuatro años y lo amplificó mediante la inteligencia artificial y la intervención de actores extranjeros en las redes sociales. La idea de que Colombia estaba a un paso de convertirse en Venezuela volvió a hacer su trabajo. Bastó esa etiqueta para presentar cualquier reforma social como una amenaza, aunque se tratara de propuestas propias de una democracia. Como advirtió Mark Fisher, el afán capitalista ha logrado que incluso los cambios más moderados en el sistema parezcan el anuncio de una catástrofe.
El problema es que ese relato borró diferencias fundamentales. Socialdemocracia, Estado de bienestar, socialismo democrático y comunismo terminaron presentándose como si fueran equiparables. Los logros del gobierno que Cepeda prometía continuar quedaron opacados por el recuerdo de los años más duros del conflicto entre el Estado y la guerrilla, un temor que la campaña de la derecha reactivó con eficacia. Además, se consolidó, gracias al avance de la información digital en redes sociales, el anhelo del dinero rápido y la rentabilidad por encima del bien común. En ese ambiente, el emprendimiento desplazó a la cultura y las humanidades como horizonte de formación, debilitando el valor de aquello que también sostiene el tejido social.
Ese fue el terreno perfecto para la campaña de Abelardo de la Espriella. Su campaña supo tocar una fibra sensible de una parte importante del electorado al apropiarse de los símbolos patrios, del lenguaje del fútbol como identidad de tribu y de la promesa de restablecer el orden frente al supuesto caos que representaba la izquierda. Quien enfrentó a Iván Cepeda no fue simplemente un candidato de la derecha uribista. Michael Shifter lo describió en The New York Times como un dirigente que combina un discurso antisistema, un ataque frontal al Estado y la promesa de una autoridad con pocos contrapesos. Rasgos que identifican el auge de las nuevas derechas radicales.

En la misma dirección, Ana Cristina Restrepo advirtió, en su columna Los camisas negras, que buena parte de sus propuestas y de su puesta en escena evocan elementos propios del fascismo: la exaltación de la fuerza, la descalificación del contradictor, el desprecio por los organismos internacionales y la idea de que quien piensa distinto deja de ser un adversario para convertirse en un enemigo. Si esas advertencias resultan acertadas, lo que hoy enfrenta Colombia no es simplemente el regreso de un gobierno de derecha, sino el avance de un proyecto que pone a prueba los límites del Estado de derecho y de la democracia liberal.
Tal discurso encontró un público dispuesto a escucharlo, en parte porque muchos sectores medios y populares nunca se sintieron plenamente interpelados por el relato del Gobierno del Cambio. Un análisis de Daniel Pacheco y el equipo de La Silla Vacía sostiene que la victoria de Abelardo de la Espriella no fue obra exclusiva de las élites económicas, sino de una derecha popular, andina y conservadora. Se trata de sectores de ingresos medios, urbanos y rurales, conformados por asalariados, pequeños comerciantes y microempresarios que encontraron en las promesas de orden, mérito, iniciativa privada y defensa de los valores tradicionales una respuesta a sus inquietudes. Algunas de esas preocupaciones nacieron de errores del propio gobierno; otras fueron magnificadas por el discurso mediático, que durante cuatro años convirtió cada tropiezo en la confirmación de un fracaso anunciado. Cuando Iván Cepeda logró reducir la distancia, buena parte de ese electorado ya había tomado una decisión, y ese voto terminó siendo decisivo en la segunda vuelta.
La pregunta de fondo ya no es quién ganó las elecciones, sino qué proyecto político terminará gobernando Colombia. Más allá de la consigna de la “patria milagro”, la incertidumbre pasa por el peso que tendrán sectores del uribismo y la influencia de líderes como Donald Trump y Benjamín Netanyahu. No es casual que The Economist haya advertido que, al igual que Chile, Argentina y El Salvador, Colombia empieza a traducir el libreto del trumpismo: un discurso de mano dura, una comunicación basada en la confrontación permanente y una retórica nacionalista que seduce a una población seducida por la derecha radical. En un país dividido casi por mitades, el punto de encuentro debería girar en la defensa del Estado de derecho, de los principios constitucionales y de la soberanía frente a cualquier injerencia extranjera; no en torno a las ocurrencias de un caudillo a la medida de las frustraciones que produce un sistema productivo, pero ajeno a cualquier viso de justicia social.
Muy buena columna, solo diré que al igual que el gobierno del cambio, la «patria milagro», va a encontrarse con unas instituciones y burocracia tradicional que van a estancar mucho de esas promesas que se hicieron en campaña. Quedará dentro de la historia de la democracia colombiana, que quien más promete es el que gana, no obstante, no será el que más ejecuta. Saludos.