«La tusa electoral»

Cuando las urnas me rompen el corazón

Por: Valentina Marín Gómez

 

 

¿Qué pasa cuando la democracia nos obliga a convivir con una decisión colectiva que sentimos ajena a nuestros principios?

Hay un tipo de tusa de la que casi no hablamos. No aparece en los manuales de psicología, nadie le dedica canciones, pero cada cuatro años vuelve a instalarse en las conversaciones, en las redes sociales y en el silencio de quienes prefieren apagar el celular después de conocer los resultados de una elección.

Yo la llamo la tusa electoral.

No es la tristeza porque haya perdido un candidato. Tampoco es el enojo infantil de quien no acepta las reglas de la democracia. Este 2026 descubrí que la tusa electoral es otra cosa: es el vacío que aparece cuando el conteo de los votos nos muestra un país distinto al que creíamos habitar.

Las elecciones tienen algo de espejo. Durante meses discutimos propuestas, criticamos gobiernos, compartimos noticias, defendemos ideas y creemos conocer el rumbo que debería tomar el país. Pero llega la jornada electoral y, cuando termina el escrutinio, descubrimos que millones de personas lo vieron todo desde un lugar completamente diferente, que va en contra de lo que consideramos “correcto”.

Y eso duele.

Duele porque entendemos que no estamos discutiendo únicamente sobre un presidente o un partido político. Estamos hablando de modelos de sociedad, de prioridades, de derechos, de seguridad, de educación, de economía y de la forma en la que imaginamos el futuro.

Quizá por eso la tusa electoral no nace de la derrota. Nace del descubrimiento.

Descubrimos que convivimos con personas que interpretan la realidad de otra manera; que aquello que para unos resulta innegociable, para otros puede ser secundario; que las experiencias de vida, el territorio, la desigualdad, el miedo o la esperanza moldean decisiones políticas profundamente diferentes.

En Colombia esa sensación parece intensificarse. La polarización ha convertido muchas elecciones en una batalla moral donde cada sector siente que el otro amenaza su mirada sobre el futuro del país. Entonces el resultado deja de ser una cifra y se convierte en una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que millones de compatriotas hayan elegido un camino que yo considero equivocado y peligroso? Uno que pone en riesgo lo que, a mi juicio, toda persona debería tener garantizado como derecho.

No creo que esta pregunta deba responderse con desprecio. Tampoco con superioridad moral. Si algo demuestra la democracia es que un país nunca cabe por completo en una sola visión del mundo.

Sin embargo, tampoco creo que debamos negar lo que sentimos. Es válido experimentar frustración cuando el resultado electoral contradice nuestras convicciones. Lo importante es reconocer que esa emoción no puede convertirse en odio hacia quienes votaron diferente. La democracia exige aceptar el resultado de las urnas, pero también invita a comprender por qué existen visiones tan distintas de una misma realidad.

Tal vez esa sea la verdadera tusa electoral: el duelo que sentimos cuando el país que imaginábamos no coincide con el país que revelan los votos.

Dicen que una tusa aparece cuando descubres que la persona que amabas no quería lo mismo que tú. Tal vez por eso, después de estas elecciones, apagué todo y en voz alta canté “Tu falta de querer” de Mon Laferte. No porque alguien haya terminado conmigo en una relación, sino porque las urnas me recuerdan que el país del que estoy enamorada no volverá a coincidir con el que me tocará vivir. De alguna forma siento que esos millones de colombianos terminaron esa relación entrañable que tenía con un país que iba avanzando a grandes pasos hacia la justicia social y ambiental.  

Entonces “Tu falta de querer” deja de ser una canción sobre una ruptura amorosa y se transforma en la metáfora de una democracia que nos enfrenta a nuestras diferencias.

Quizá esa sea la herida más difícil de aceptar: no que Colombia haya elegido distinto, sino entender que el país que imaginábamos amar nunca existió. Y aún así, como ocurre con los grandes amores, uno decide quedarse, seguir creyendo y volver a intentarlo.

La parte que Colombia nos cantaría si pudiese hablar a grito herido sería:

¿Cómo fue que me dejaste

de amar?

Yo aún podía soportar

Tu tanta falta de querer.

 

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