Un diálogo con el mayor Fidencio Valencia

“Nos enfermamos porque no sabemos administrar la naturaleza”

Por: El Callejero

 

 

Esa tarde de noviembre del año pasado, llegamos en medio de uno de esos días grises con esperanza de sol, tan habituales en la capital. Sobre las 2 de la tarde entramos al Jardín Botánico, allí nos esperaba uno de los compañeros que nos había facilitado el enlace para poder dialogar con el mayor Fidencio Valencia. Era la primera vez en muchos años que volvíamos a este pulmón verde de la ciudad, 195.000 m2; una reserva que, desde su creación en 1955 por el cura Enrique Pérez Arbeláez, se ha dedicado no solo a la preservación y conservación de su fauna y de su flora, sino también a la investigación y a la divulgación de las especies vegetales de todo el país. Desde ese enfoque y misionalidad se creó el Tropicario, reconocido también por su interesante arquitectura, que consiste en un circuito de invernaderos en los que se recrean los diferentes ecosistemas de Colombia, desde superpáramo, ubicado en las partes más altas de las montañas, donde nacen los ríos, hasta las selvas tropicales húmedas, los valles interandinos y el bosque seco tropical.

Pero no solo el Tropicario resalta en el verde del Jardín, ese día, mientras caminábamos conversando sobre la entrevista, frente a nuestros ojos se alzó la Maloca, una estructura cuyo color y forma armoniza con la naturaleza misma. La Maloca se levanta imponente con su color tierra y el hecho de que esté ubicada en el Jardín pareciera ser bastante claro, si pensáramos en esa relación que vincula a la naturaleza y al hombre, sería muy lógico el reflexionar sobre el estrecho vínculo que mantienen las comunidades indígenas del país con la naturaleza, no sólo con su manejo, sino también con su preservación y con el amplio conocimiento que tienen sobre ella. Sin embargo, la Maloca ha pasado por diferentes momentos dentro de su historia. Fue inaugurada en 1997, con el apoyo de la sabiduría, criterios, tradición, estructura, usos y costumbres de la cultura Uitoto del Amazonas colombiano y su creación estuvo liderada por el mayor Víctor Martínez Taicom; durante el primer año de la Maloca, al parecer, hubo una intensa actividad tradicional, que al poco tiempo decaería, hasta el punto que terminó siendo utilizada como bodega. Fue solo hasta el año 2006 que se reinauguró para potenciar procesos interculturales centrados en la formación espiritual, científica y cultural.

La Maloca es el hogar de la palabra, y se construye como un lugar de encuentro y de trabajo de la comunidad, es un sitio sagrado, donde se establece una relación con el creador a través del mambe y del ambil. Allí nos encontramos con Fidencio Valencia, en su casa, en una casa que se percibe mucho más grande desde adentro, una casa que inspira tranquilidad y respeto. A los pocos minutos de entrar en la Maloca comenzó a llover fuertemente, esa lluvia y esa sensación de paz, de silencio y de tranquilidad en medio de ese pulmón verde, da la impresión de estar en un lugar totalmente diferente y lejano de la enorme capital caótica y bullosa que se alza a tan solo unos metros de distancia.

Ya allí en la Maloca, comenzamos a dialogar con Fidencio, cuyo nombre es reconocido por el acompañamiento espiritual que le hizo a sus sobrinos, quienes estuvieron perdidos en la selva cerca de un mes, después de sufrir un accidente aéreo, en el que falleció su madre. Con él hablamos cerca de dos horas, en las que nos contó sobre sus tradiciones, su cultura y el enorme reto de mantener sus costumbres lejos de su territorio. Para Fidencio es claro que su labor no es la de convencer a nadie, él solo cuenta sobre aquello que sabe y en lo que cree, con total tranquilidad, con la mirada a veces puesta en una realidad que pareciera ajena a la nuestra, un mundo que no podemos percibir, pero que él hace todo lo posible por expresarlo y de alguna manera, por materializarlo energéticamente en ese lugar mágico de la palabra y de la conexión que representa la Maloca.

Para iniciar, Fidencio nos cuenta que el Uitoto es como una especie de apodo y que el nombre propio de su comunidad es Muira Murui, quienes están ubicados en una zona que estuvo marcada por la violencia cauchera de mediados del siglo XX, que es la Chorrera, en el Amazonas. Fidencio nos dio la palabra y nos habló sobre tres temas fundamentales en su cultura con toda la amplitud de relaciones sociales y culturales que cada tema puede traer, nos habló del alimento, del territorio y de la medicina:

El alimento

Sobre el alimento, la mirada que se propone desde las comunidades, se relaciona íntegramente el bienestar de la tierra con el bienestar de la misma comunidad.

“Colombia es un país muy rico en biodiversidad, tiene bonitas cosas, tiene cultura, tiene agua, tiene ríos, tiene plantas, tiene animales, tiene quebradas, tiene selva, todavía virgen, que aún nosotros como indígenas que vivimos ahí en ese territorio, no conocemos. Nosotros conocemos solamente el pedacito donde trabajamos. Es bueno que se conozca ¿para qué? no es para destruir, sino para cuidar.

Los abuelos que ya se fueron, ellos siempre decían hay que cuidar. Los antiguos decían que, muchas veces nosotros nos enfermamos es porque no sabemos administrar la naturaleza. Resulta que todo el alimento que consumimos es una medicina, tiene toda su vitamina, o más bien, la tenía en aquellos tiempos. Entonces, cuando no hay vitamina, ya no hay defensa en el cuerpo, cualquier cosa nos atropella, nos tumba. Qué está pasando, pues se está destruyendo el mismo hombre.

Aprovechar quiere decir que usted lo saca, pero lo reemplaza. Nosotros los indígenas allá en el territorio tumbamos el monte, pero ahí no lo destruimos, lo estamos es desarrollando, sembramos según la madera que nosotros usamos. Usted tiene su platanito, su yuquita, está haciendo algo para su vida, en eso descarga su energía mala, y va a mirar el resultado, que ya nació la planta, la yuca, el plátano, la piña ¿Cómo se siente? Contento. Usted más se anima, no le está haciendo mal a nadie y la tierra también se siente feliz, porque la tierra también le está dando, está desarrollando su habilidad.

Así se está aprovechando todo, tiene la agüita, tiene la planta, tiene la madera, tiene hasta la medicina. Come una yuquita, le dio buen alimento, le saca también el almidón, también aprovecha la matica, porque lo que quedó lo arrumó, lo quemó y le sirvió como abono y le está dando a la misma plantica el alimento. Es un desarrollo, ¿inventado por quién? por el mismo creador.

Todo tiene una forma cultural, no es inventado por sí mismo, ahí es donde está el diálogo, ahí está la educación, ahí está la vida”.

El territorio

El territorio no se entiende solo como un lugar sino como un organismo vivo con quien se tiene un diálogo continuo y respetuoso que establecen los mayores para pedir permiso y para tener esa misma relación integral que les permite convivir armoniosamente con todos los elementos que lo componen.

“Hablamos acá de sitios sagrados, nosotros les decimos sitios mitológicos. Hablemos de la parte de la Amazonía que está poblada por grupos indígenas y dentro de ellos están los grupos o las tribus que también se llaman etnias: Uitoto, Muinane, Yucuna, Bora, que están conformadas también por clanes y por territorio.

Usted puede ir, pero lo que pasa es que cuando se habla de territorio, cada tribu tiene su idioma. Entonces, yo por ejemplo entiendo el Uitoto, pero me voy allá a donde los Andoque, que están pegados a los Uitoto; yo me puedo ir a mambear y a hablar, pero van a desconocer mi idioma. Primero para yo poder hablar allá, tengo que ir donde ese abuelo o ese conocedor, para que hable con el territorio y así yo pueda también tener mi voz.

Todo eso nos lo explicaban a nosotros los abuelos, que todos no son los mismos. Que de pronto el que hablaba con el territorio descansó, si el señor que descansó, no dejó a alguien para seguir, el territorio tampoco lo va a aceptar. Así, se va perdiendo ese diálogo, porque no quedó consagrado, no quedó bautizado.

Entonces todo eso se maneja así. El territorio del Uitoto, del Muina Murui, es la Chorrera, esa es su cuna. Así como la cuna del pueblo Muinane se llama la Sabana, que quiere decir hijo del centro, porque la Sabana queda en el centro del Amazonas.

Yo soy el tío abuelo de los niños, cuando se cayó el avión, en ese pedazo, ahí manda son el Yuruparí y Buenora Buinane, ahí entre ellos, cayó la avioneta. Fue cuando yo llegué y me puse a decirle a él, no en este idioma, ni tampoco en ese, simplemente uno lo nombra: “Usted es fulano de tal, usted está ahí, yo me llamo así, mire que mis niños cayeron al lado de su patio. Ellos son niños, ellos están ahí, pero si usted tiene por ahí a sus hijos o a sus hermanos, si ellos los vieron, téngalos, cuídemelos”. Y lo mismo al Yuruparí. Entonces él llega espiritualmente de noche, cuando uno está mambeando, porque él mambea también”.

La medicina

En las comunidades indígenas el concepto de enfermedad difiere al de la cultura occidental, sus causas, así como el manejo, tiene que ver también con elementos que van más allá de lo físico.

“La epidemia entra por el aire, por la tierra y por el agua. Nosotros a eso le decimos enfermedad. Enfermedad para nosotros no es un dolor de cabeza, enfermedad es el problema que uno tiene con el amigo, con la mujer, con el vecino, con el papá. Mi papá era un tipo que él curaba. Él, decía que, uno al enfermarse nunca que tiene que colocarle nombre, porque si no le da vida.

Por ejemplo, yo cuando curo utilizo el canto. Es como ponerle alegría a la gente y lo mismo pasa con el baile. Porque todo tiene un origen, todo tiene un por qué y cuando se cura se utiliza es la fe. Puede ser una agüita, con la misma palabra se cura. La forma en la que se atiende a una persona, en la que se trata, ya la está curando. La forma en la que tenga su espíritu, en la que usted le va a ayudar, ya lo tiene curando. Lo que va a hacer es ayudarlo de todo corazón.

La medicina, usted no la tiene, sino que la medicina se hace depende de la enfermedad. Hay medicinas que se toman un solo sorbito, hay medicinas que se puede tomar una sola. Esa es la manera de nosotros trabajar, tiene que ser presencial. Ahí es donde uno aprende, también la medicina.

Por eso el médico tradicional le toca con la mano, lo siente. Qué olor tiene, qué sabor tiene y ya se sabe si esa enfermedad es del agua, del aire, de la tierra. Nosotros allí en el territorio cogíamos un tábano, una hoja que uno va masticando y va sacando el sabor, el olor, todo”.

Dialogar con el mayor Fidencio en la Maloca y en medio de la lluvia fue una experiencia que por unas horas nos trasladó a un lugar diferente, nos permitió conectarnos con otra energía y sentir en esos momentos que estábamos a kilómetros de la ciudad. Las comunidades y sus saberes ancestrales, en un gobierno del cambio como este, deberían ser priorizadas en el manejo de la naturaleza y de estos lugares que nunca más deberían ser puestos en un segundo lugar, sino más bien repotenciados, permitiendo a su vez una reconexión cultural con todo el conocimiento, los saberes y las tradiciones de nuestras comunidades ancestrales.

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