«De Petro a Iván Cepeda: El coraje de decir la verdad»

Por: Camilo Medrano V.

 

 

A escasos días de la contienda electoral por la Presidencia de la República, vemos como salen sin ningún pudor todo tipo de candidatos y biempensantes en redes sociales a darle sentido pésame al último filósofo de la Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas, justo el mismo día en que se conmemora un año más de la muerte de Karl Marx (quien solo puede suscitarles pesadillas).  Se hace inevitable recordar la urgencia que tiene nuestro tiempo de una filosofía política crítica, máxime cuando ante nosotros tenemos la oportunidad de elegir a un demócrata, defensor de derechos humanos y filósofo como Iván Cepeda Castro, y por ende la continuidad de un proyecto político progresista y popular o sucumbir nuevamente ante las fauces del uribismo y sus representantes: un aboganster evangelista con ínfulas de felino como Abelardo de la Espriella o una “filósofa” de cartón, heredera de la rancia oligarquía latifundista caucana como lo es Paloma Valencia.

El objeto por antonomasia de la filosofía ha sido la verdad. Podemos rastrear su inmanencia desde los pensadores socráticos, pasando por Nietzsche, Heidegger, Foucault e incluso el recién desaparecido Habermas, con todo y su liberalismo atlantista, para quien la forma de acceder a la verdad definitivamente era la argumentación y el diálogo en una democracia deliberativa. Pero fue el intelectual francés, Michel Foucault, quien desentrañó el papel contemporáneo de los filósofos ante la entelequia de la verdad, es así como entre sus conceptos podemos encontrar el vocablo parresía, con el cual refiere a esa necesidad de expresar, con coraje, la verdad a toda costa. No en vano Sócrates bebió la cicuta; Giordano Bruno y Galileo fueron víctimas de la Inquisición y está ampliamente registrado el espionaje de servicios de inteligencia como la CIA contra Foucault.

No obstante, contrario a lo que puedan pensar los “intelectuales” que se engolosinan en el mundo de las ideas con la teoría del pensador francés acerca del poder, decir la verdad no es tan solo un asunto de filosofía, es ante todo un hecho político. En Colombia ha habido muchos hombres y mujeres a quienes les han arrebatado la vida por ser parresiastas y, sobre todo, por manifestar y denunciar la verdad histórica. Hay dos que, siendo parlamentarios de izquierda, en las últimas dos décadas han librado una lucha frontal y de denuncia en el ágora pública, desde donde sacaron a la luz los nexos y el contubernio entre la clase política tradicional, el narcotráfico y el paramilitarismo. Esas mismas desavenencias −conocidas comúnmente como ‘parapolítica’− intentan ser hoy archivadas porque, aun cuando dichos debates consiguieron llevar a muchos victimarios a la cárcel, muchos otros siguen impunemente libres y sus determinadores aspiran nuevamente a gobernar.

Tanto el coraje parresiasta, como su profundo conocimiento de la materia lo podemos evidenciar en el presidente Gustavo Petro, no solo de su voz en el documental que lleva su mismo nombre: Petro (2022), en donde se refiere a la verdad. Sino también trayendo a colación algunos apartes de su texto autobiográfico Una vida, muchas vidas (2021) en el que se puede leer: “De alguna manera, le había mostrado al país lo que Foucault llamaba la “microfísica del poder” (…) el desarrollo de mis debates durante la época de Uribe me llevó a calificarme como un vocero de la parresía: un hombre que debía tener el coraje de decir la verdad”.

Con la misma intensidad encontramos publicaciones académicas de Iván Cepeda en las que se refiere a la verdad y a la apropiación del pensamiento de Foucault como en el texto publicado por la Pontificia Universidad Javeriana, escrito en coautoría con Claudia Girón Ortiz Procesos de inculturación: problemas y conceptos de la apropiación de algunas corrientes del pensamiento social contemporáneo en Colombia (1999), o en la ponencia Dispositivo de muerte y criminalidad política incluida en la publicación del Seminario Pensar a Foucault realizado por la Universidad Nacional en 1994, en el que Cepeda destaca: “Mi intención es pues, plantear una cuestión política que atañe a nuestra actualidad: La realidad del crimen político, el hecho de que en la última década −para no ir más lejos− los colombianos hemos presenciado el exterminio físico de los líderes de oposición, de los hombres y mujeres que desde diferentes posiciones luchan por la democracia y la justicia; el hecho consumado de la destrucción de todo un movimiento político de izquierda, de varias generaciones de talentosos dirigentes públicos, y todo esto ante la más macabra impunidad y ante la amnesia colectiva (…) Contra ese dispositivo de muerte sólo puede oponerse la resistencia al poder de la que hablaba Michel Foucault; decir la verdad públicamente como forma de lucha específica contra el panoptismo”.

Pero, decir la verdad en este país tiene un costo. El presidente Gustavo Petro y el candidato Iván Cepeda lo han pagado muy alto: amenazas de muerte, exilio, montajes judiciales, sin contar con el asesinato de familiares y allegados de su campo político. Más aún hoy con una visceral campaña orquestada por el uribismo y la derecha colombiana y azuzada por el poder mediático que se ha encargado no solo de torpedear y menoscabar la agenda de las reformas sociales del gobierno del cambio durante este cuatrienio, sino también de envilecer y criminalizar la candidatura de Iván Cepeda. Esta última, fruto de su postulación por parte del movimiento de víctimas, particularmente de las Madres de Falsos Positivos de Soacha (MAFAPO), del consenso de fuerzas políticas aglutinadas en el Pacto Histórico y, por supuesto, del apoyo de las organizaciones sociales, campesinas, étnicas y populares del país.

En todo caso, la urgencia de la continuidad de un gobierno progresista no solo está dada por la profundización de las reformas, la lucha anticorrupción y el desarrollo territorial diferencial de las regiones, consignado en las más de 400 páginas del programa de gobierno El Poder de la Verdad de Iván Cepeda. El 31 de mayo también nos jugamos una batalla cultural por la verdad y contra los negacionismos acerca del genocidio, la desigualdad, el cambio climático y, cuando menos, un contundente freno a la ultraderechización de América Latina promovida por Donald Trump con la Doctrina Donroe y su nuevo club de fans “El Escudo de las Américas”.  

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