«El placer de leer en tiempos de ruido»
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Por: Andrés Gómez Morales
El informe de la Cámara Colombiana del Libro sobre hábitos de lectura, asistencia a bibliotecas y compra de libros en Colombia ofreció en 2023 una radiografía optimista, pero discutible, de la realidad lectora del país. El estudio señala que el 72% de los colombianos lee, frente a un 28% que no lo hace. Sin embargo, esta cifra, además de incluir múltiples formatos y prácticas, amerita una actualización a 2026: aunque afirma que la mayoría lee libros, cada vez es más evidente el crecimiento de la lectura en páginas web y redes sociales, sin considerar aún el impacto reciente de la inteligencia artificial en estas prácticas.
El dato más destacado es que el 62% declara leer por placer, mientras que el 29% lo hace por estudio, el 14% por aprendizaje y el 7% por trabajo; en contraste, categorías como entretenimiento 4% o mantenerse informado 3% quedan relegadas. Más que una consolidación del hábito lector, estas cifras reflejan una práctica fragmentada, en la que el deber académico o funcional sigue teniendo un peso estructural, incluso cuando se declara lo contrario. Esta fragmentación se profundiza en el entorno digital, donde la lectura se dispersa entre múltiples estímulos.
En ese contexto, vale la pena preguntarse qué significa hoy leer por placer. En un sistema saturado por estímulos digitales, la lectura compite con la inmediatez de los contenidos breves y con dinámicas de validación social propias de plataformas donde los bookstagrammers y booktokers median cada vez más la relación con los libros. El placer ya no reside únicamente en la experiencia íntima de la lectura, sino también en la circulación social de lo leído: terminar un libro, comentarlo, recomendarlo, cumplir retos. Así, emerge una paradoja: se lee más, pero no necesariamente de manera más profunda o sostenida. El lector contemporáneo no solo busca perderse en las páginas de una novela como Orgullo y prejuicio, sino también capitalizar esa experiencia en forma de visibilidad y pertenencia. En ese desplazamiento, el criterio de recomendación tiende a diluirse frente al número de seguidores, y el libro, como objeto cultural, entra en competencia desigual con reels, series y contenidos audiovisuales.
Por otra parte, el placer de leer se confunde con el placer de comprar. Incluso se ha adoptado la palabra japonesa tsundoku para quienes adquieren más libros de los que pueden leer: la biblioteca como acumulación. En contraste, persisten posturas anti intelectuales que rechazan la lectura como práctica cotidiana por no generar una ganancia material inmediata. Mientras tanto, las librerías en Bogotá se han diversificado —cafés, tiendas de vinilos, espacios de conversación—, pero este fenómeno se concentra del centro al norte de la ciudad. En el sur, el acceso al libro depende en gran medida de bibliotecas públicas y escolares o de descargas digitales gratuitas, lo que limita la construcción de hábitos lectores sostenidos. Así, la lectura oscila entre el consumo cultural y una práctica utilitaria ligada a lo escolar o laboral, profundizando brechas sociales. Aunque el acceso ha crecido, también lo hacen las formas de entretenimiento inmediato, como los videojuegos o los reels, configurando un escenario donde el libro ya no solo compite por el tiempo, sino por el sentido mismo de la experiencia lectora.
Las campañas de lectura, por su parte, también parecen haber perdido eficacia. Llevar libros a comunidades con necesidades urgentes puede resultar desconectado de su realidad. Lo paradójico es que decir qué no leer puede despertar más interés que recomendar. Como en tiempos de la inquisición, una reseña negativa puede convertirse en la mejor publicidad. Hoy, no hay mayor impulso de ventas que un booktoker destroce un libro o que una crítica severa active a los seguidores a leer para replicar ese juicio. Sin embargo, más allá de estas dinámicas, persiste un problema de fondo: las campañas institucionales insisten en los beneficios abstractos de la lectura, apelando a argumentos de autoridad, en lugar de garantizar condiciones reales de acceso. La lectura no debería promoverse como una obligación moral, sino como un derecho cultural, inscrito en la tradición ilustrada y en los derechos fundamentales, que exige no solo disponibilidad de libros, sino también tiempo efectivo —incluso dentro de los ciclos laborales— para ejercerlo.
En medio de este panorama, atravesado por la hiperconexión y la lógica de la productividad, el tiempo para leer —como el de ver cine fuera de las pantallas portátiles— se reduce progresivamente. Por eso resulta pertinente volver a Andrés Caicedo, a propósito de la reciente reedición de Ojo al cine, la compilación de sus artículos escritos en los años setenta junto al cineclub de Cali. Entrar en sus páginas es habitar un territorio donde la crítica se mezcla con la ficción, donde los géneros se desbordan y la experiencia estética se vuelve profundamente biográfica. Caicedo, que leyó y vio con voracidad antes de su muerte a los 25 años, se anticipó a generaciones que encontraron en la música, el cine y la literatura formas de expresión más allá de las limitaciones de su tiempo. Hoy, cuando la opinión cultural se diluye en comentarios rápidos y sin rigor en redes sociales, su escritura recupera el valor de la mirada atenta, del juicio con criterio y del entusiasmo genuino.
Si el cine, como lenguaje, pierde interés cuando se reduce a flujos unidimensionales en pantallas que transmiten sin pausa, la lectura corre un riesgo similar cuando se somete a la lógica de la distracción constante. El cine que exigía atención y análisis —del que Caicedo fue crítico y divulgador— es también una metáfora de la lectura que aún vale la pena defender. Frente a la avalancha de imágenes alteradas por la inteligencia artificial y la información que desciende sin pausa por las pantallas, las letras parecen perder terreno no por falta de valor, sino por falta de tiempo y disposición. Tal vez ahí radica el punto: recuperar la lectura no como complacencia ni simple distracción, sino como un goce creativo, exigente y transformador, capaz de oponerse a la saturación de lo inmediato.