«Después de las urnas: la lucha popular continúa»

Por: Daniel Hernández

 

Todo lo que divida al pueblo está contra sus intereses… El aparato electoral está en manos de la oligarquía y por eso el que escruta elige”.

Camilo Torres Restrepo

 

 

La aceptación de los resultados electorales por parte de Iván Cepeda y su anuncio de ejercer una oposición democrática frente al gobierno de Abelardo de la Espriella cierran un ciclo electoral particularmente intenso para Colombia. Con ello, la izquierda institucional asume, una vez más, el lugar histórico que tantas veces ha ocupado: el de la oposición.

Sin embargo, más allá de la coyuntura inmediata, este momento obliga a una reflexión más profunda sobre el significado de las elecciones, el papel de la izquierda y las tareas del movimiento popular.

Camilo tenía razón: la democracia liberal no es neutral

Hace más de sesenta años, Camilo Torres advertía que la participación electoral podía convertirse en un mecanismo de legitimación de un sistema construido para garantizar la dominación de una minoría sobre las mayorías. Para el sacerdote revolucionario, la simple existencia de elecciones no era sinónimo de democracia.

Las décadas transcurridas no han desmentido del todo aquella afirmación. La historia colombiana demuestra que las élites económicas y políticas han recurrido indistintamente a la violencia, la exclusión, la guerra sucia, la manipulación mediática y la persecución judicial para preservar sus privilegios.

Pero el panorama actual añade nuevos componentes. La crisis del capitalismo global, la disputa geopolítica entre potencias y el ascenso de proyectos ultraconservadores han profundizado las formas contemporáneas de dominación. La influencia abierta de Donald Trump y de sectores de la ultraderecha internacional sobre procesos políticos latinoamericanos muestra que la soberanía de nuestros pueblos continúa siendo objeto de disputa. Diversos analistas señalaron la intervención política explícita de Trump durante la campaña colombiana de 2026, evidenciando que América Latina sigue siendo considerada un espacio estratégico de influencia imperial.

Las elecciones continúan siendo un terreno profundamente desigual. El poder económico, la concentración mediática y las presiones internacionales siguen condicionando las posibilidades reales de transformación.

Camilo tenía razón en algo esencial: las urnas, por sí solas, no producen revoluciones.

¿Por qué entonces decidimos disputar el Estado?

Hace más de una década, numerosos sectores del movimiento social y popular colombiano llegamos a la conclusión de que abandonar completamente la disputa institucional significaba dejar el Estado exclusivamente en manos de las élites.

No se trataba de confiar ingenuamente en la democracia representativa. Se trataba de convertir un escenario históricamente controlado por las clases dominantes en un espacio adicional de lucha política.

La participación electoral de los movimientos sociales permitió que campesinos, sindicalistas, mujeres, estudiantes, víctimas y líderes territoriales llegaran a escenarios de representación antes reservados casi exclusivamente para las familias tradicionales.

La experiencia acumulada durante estos años demostró varias cosas. Primero, que ganar elecciones no equivale a conquistar el poder. Segundo, que el Estado posee enormes resistencias estructurales. Y tercero, que ningún gobierno progresista puede sostener transformaciones profundas sin organización popular permanente.

La llegada del progresismo al gobierno nacional abrió posibilidades inéditas: reformas sociales, ampliación de derechos, fortalecimiento de políticas públicas, avances en la implementación de la paz y el reconocimiento de sectores históricamente excluidos hacen parte de un acumulado político que no puede desconocerse. Al mismo tiempo, la experiencia confirmó que sin pueblo organizado las instituciones tienen límites evidentes.

Esta no es la primera noche oscura

La derrota electoral no puede conducir al derrotismo. La izquierda colombiana no empezó con estas elecciones ni termina con ellas.

Nuestra historia está tejida por experiencias de organización y resistencia mucho más antiguas y profundas: la experiencia de la Unión Patriótica, el movimiento A Luchar, las luchas campesinas, sindicales y estudiantiles, los paros cívicos, las mingas indígenas, las luchas feministas, el Paro Nacional de 2021 y el Estallido Social constituyen parte de una memoria colectiva que ninguna derrota electoral puede borrar.

Iván Cepeda, al reconocer los resultados y asumir el papel de oposición democrática, ocupa el lugar que históricamente la izquierda colombiana ha sabido desempeñar con dignidad y firmeza.

Pero la izquierda no es únicamente la que se expresa en el Congreso. La izquierda también habita los barrios, las veredas, los sindicatos, las universidades, los colectivos culturales, las organizaciones comunitarias y las luchas cotidianas por la vivienda, la educación, la tierra, la paz y la vida digna.

No debemos llamarnos a engaños: las clases dominantes nunca renunciarán voluntariamente a sus privilegios. La disputa por una Colombia justa seguirá desarrollándose simultáneamente en las instituciones y fuera de ellas.

La apuesta estratégica de los sectores populares continúa siendo la misma: construir poder popular.

Porque la revolución colombiana —si ha de existir— no nacerá exclusivamente de las urnas, sino de la acumulación histórica de décadas de organización, conciencia, movilización y lucha popular.

Las elecciones pasan. El pueblo permanece.

 

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