«Donde florecieron mariposas, hoy regresan los fantasmas»
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Por: Laura María Rodríguez
Quisiera iniciar este artículo con una experiencia personal, el pasado 18 de junio tuve la oportunidad de asistir a la Casa de Nariño gracias a la invitación realizada por la Unidad de Restitución de Tierras para la proyección de la serie documental Raíces de Esperanza. Quienes asistimos no vimos al presidente de la República, tampoco pudimos ver la sotana del cura Camilo Torres o el sombrero de Carlos Pizarro, mucho menos la máquina de escribir de Gabo o la espada de Bolívar. Recorrimos apenas una pequeña franja de esta casa, que desde 1885 es la residencia oficial de quien ostenta el principal cargo de la nación, en la que se impone la arquitectura neoclásica, los muebles Luis XV, Luis XVI, mobiliario colonial y republicano, enormes lámparas de cristal y obras pictóricas de diferentes épocas, algunas clásicas y otras modernas.
Entre la solemnidad del recorrido, irrumpen ahora elementos que no eran habituales, ese toque artístico y refrescante que Gustavo Petro decidió darle para hacer de la casa del poder un espacio museal, donde los elementos dialoguen con los visitantes. Es así como a cada paso que se da aparecen mariposas amarillas y fragmentos de la obra Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, en las paredes la colección de 15 retablos con imágenes de Macondo York extraídas del libro de Iván Onatra que recogen un recorrido por la gráfica urbana desde la mirada imaginada de Gabo en Nueva York. Y en el segundo piso del salón, allá abajo, colgadas en los patios se vislumbran mariposas amarillas y esa exposición que no pudimos ver, pero que nos imaginamos todos, porque sabemos que allí están esos objetos, herencia de una nueva historia y perspectiva de la nación.
Gustavo Petro ha sido precursor de muchas acciones simbólicas con las cuales ha intentado romper cánones y formas coloniales que se acostumbraban en el poder, una de ellas acortar esa distancia entre los lugares y humanizar a quienes los habitan. Desde el primer día abrió la Plaza Núñez, ordenó que se retiraran los sargentos y las barreras físicas que bloqueaban el paso entre el Congreso y la Casa de Nariño. Esto permitió que las organizaciones realizaran plantones, foros y manifestaciones directamente en el perímetro inmediato del poder Ejecutivo. Hizo de la Plaza de Armas un escenario social, el cual convirtió en un punto común para recibir marchas de sindicatos, organizaciones indígenas y colectivos estudiantiles. Las organizaciones realizaron allí sus declaraciones políticas y actos culturales de manera abierta; también fue el lugar donde todos los 24 de diciembre se compartía la cena con personas en habitabilidad de calle, vendedores informales y recicladores de oficio. Además, hizo de la Casa de Nariño un lugar de puertas abiertas en el que durante los últimos meses era posible el préstamo de espacios para reuniones, conferencias y eventos públicos tantos de entidades del Estado como de organizaciones y colectividades de la sociedad civil.
Habría que sumarle que a todo eso simbólico tan importante que es ejercer el poder en formas horizontales y romper el hechizo de lo desconocido, que este gobierno ha sido el primero en abrir el Estado y esforzarse como ningún otro para lograr que la ciudadanía conozca a profundidad su funcionamiento, esa fue la intención inicial de los consejos de ministros y fue la vocación de cada una de las entidades, en las que no solo entraron a hacer partes las bases de las organizaciones, sino que siempre tuvieron acceso a ellas, para exigir políticas públicas y acciones que desde el ejercicio de lo popular se consideraron sumamente relevantes.
Quizás es esta la primera vez que una ciudadanía reconoce cómo funcionan por un lado las ramas del poder y por el otro las entidades, la distribución de los recursos y su verdadera vocación, después de estar durante décadas direccionadas a servir únicamente a las clases altas, a las élites y a los “empresarios” que las tenían de caja menor y subsidiadero de sus megaproyectos, casos ampliamente demostrados como el Ministerio de Agricultura con programas como Agro Ingreso Seguro y los múltiples casos de corrupción que han sido demostrados en entidades como la SAE.
Uno de esos casos evidentes de transformación ha sido la Unidad de Restitución de Tierras, precisamente esa proyección de la serie documental logró recoger la voz de las mujeres que fueron despojadas de sus tierras por la violencia política y paramilitar, una serie que recorre territorios que guardan la memoria del despojo y del desplazamiento forzado, pero también la fuerza del retorno. Además, revela cómo el poder de la resistencia femenina enfrenta y supera la devastación que produce la violencia. Esos testimonios fueron plasmados en una obra escrita denominada Geografías del dolor y la esperanza en cuyo prólogo Jaqueline Campos Rincón, secretaria general de la entidad, señala: “El despojo no se reduce a la pérdida del predio. Donde la maquinaria despojadora pasó, se llevó el río, la escuela, la capilla, el camino, los nombres que la gente le había puesto al paisaje. Por eso el retorno tampoco puede reducirse al acto administrativo de volver: tiene que ser reconstrucción del territorio. Las feministas latinoamericanas que piensan desde la noción de cuerpo-territorio (…) han sostenido que para las mujeres campesinas, indígenas y negras, tierra y cuerpo no son cosas separadas: lo que se le hizo a una, se le hizo al otro; lo que una sana, el otro también sana. Volver a sembrar es también volver a habitarse”.
Pero la entidad fue mucho más allá, hizo posible la declaratoria de Bien de Interés Cultural (Resolución 949 de 2023) del archivo del despojo como patrimonio de la nación, lo cual garantiza su cuidado, preservación y difusión. Se inauguró la Casa Museo de la Memoria del Despojo que alberga más de 750 libros, series documentales, archivos, fotografías, objetos y miles de testimonios relacionados con el abandono forzado y los procesos de restitución de tierras. Se logró que además de la restitución de tierras se abriera una línea de proyectos productivos para las familias que han sido restituidas.
Así mismo, podríamos repetir la fórmula con casi todas las entidades del gobierno, entidades que sobrepasaron la misionalidad y las metas institucionales y lograron conectar y trabajar de la mano con las comunidades.
Ese día, mientras recorría por primera vez la casa de Nariño, un escalofrío me recorría al pensar que en las elecciones nuevamente esta casa donde el amarillo resalta y la felicidad del arte y la literatura acompaña cada paso, volviera nuevamente a las épocas lúgubres de los cuadros y el arte colonial y republicano, de las alfombras rojas y de las visitas subrepticias, nuevamente la casa y sus alrededores cerrados a un pueblo del que se desconfía. Lastimosamente el presagio se cumplió y ya sea por democracia o por fraude volverá un gobierno que le cerrará las puertas al pueblo y dejará nuevamente que la cruz y la espada reinen sobre la República. En esa casa cuyos fantasmas habían sido exorcizados, hoy, después de esperar 4 años vuelven a ingresar, quién sabe si algún día volveremos a recorrer esos lugares, quién sabe si la dignidad volverá a recorrer esas entidades, y si las mujeres podrán seguir resistiendo la violencia desde sus tierras, y si los campesinos podrán seguir sembrando y si los páramos y la naturaleza sobrevivirán al modelo opresor, y si los estudiantes podrán seguir en las universidades, quién sabe si…