«Medios, cultura y resistencia comunitaria»

Por: Yannick Delgadillo

 

 

Dedicado a Charles Chaplin 

 Charlot,

no puedo dejarme salvar

por un Dios que no acaba

injusticias

y promueve guerras

para que se cumplan

unas escrituras.

Prefiero quedarme condenado

en este cine terrenal,

procurando como tú,

soñar el cielo

con las manos.

¿Por qué tanto evangélico

ya no cree que Dios es amor?

Carlos Mayo

He decidido iniciar con este poema a propósito de una conversación que Néstor del Bosque y Carlos Mayo me concedieron. Ambos han participado durante años en procesos culturales, políticos y comunitarios de Techotiba y, justamente, fue en uno de estos espacios donde los encontré, en una jornada contra el imperialismo y por la soberanía de los pueblos.

Hablamos de una riqueza que no aparece en los informes de Estado, que no suele ser reconocida por los economistas y que mucho menos figura en el PIB. Hablamos de la contracultura, de la cultura popular, aquella que nace desde abajo y desde la necesidad de contar quienes somos. Precisamente, a eso se refiere el poema con el que inicia esta nota, escrito en 1983, en un contexto de persecución y de conflictos que hoy en día permanecen. 

Durante mucho tiempo, quienes han ostentado el poder y escrito la historia nos han hecho creer que solo existe un tipo de riqueza; que lo valioso es solo aquello que se puede vender, explotar y acumular. Sin embargo, desde la resistencia del barrio, las ollas comunitarias, el muralismo, los periódicos y las emisoras populares, se defiende otra idea.

Se cree en un tipo de riqueza cultural que no es tapa de revista, no aparece en el titular de los noticieros tradicionales, no gana premios, ni acumula millones de vistas. Aún así moviliza sensibilidades, debilita valores tradicionales y pone en discusión nuevas formas de pensar el mundo. Ideas que proponen salirse del molde, para poder romper esa burbuja ideológica y así ver a las y los otros desde el amor, el cuidado y el bienestar colectivo.

Todo esto es posible gracias al trabajo constante de colectivos de comunicación, de arte, cultura, deporte e incluso de algunas individualidades, que deciden construir junto a la comunidad otras formas de habitar el territorio. Puede que no sea visible a simple vista, pero esta fuerza permanece viva en cada esquina, en cada canción, en cada escrito, en cada obra de teatro que nos recuerda quienes somos, un acercamiento sútil a nuestra identidad.

No obstante, resulta imposible ignorar que hoy las empresas, las redes sociales y los grandes medios imponen tendencias y estilos de vida que no son sostenibles, por el contrario, son altamente consumistas, exigiendo una conexión constante para que la proliferación de contenidos y preocupaciones banales sean la prioridad. Estos sectores entienden perfectamente el negocio: saben que, a través de los contenidos que producen y distribuyen, logran posicionar determinadas ideas e intereses. Por eso producen series, canciones y noticias que moldean la manera en que debemos vivir y ver el mundo.

Y justamente este tema apareció en la conversación. Carlos Mayo decía que los medios no solo informan, sino que también imponen maneras de vivir y que hoy influyen fácilmente en la vida de los jóvenes: “Hoy un niño indígena en Colombia se viste igual a lo que ve: cachucha, jeans, tenis de marca. Eso no es casualidad, eso lo fabrican los medios”.

La influencia llega incluso a lo que consumimos diariamente. Muchas veces dejamos de valorar la aguapanela, la chicha o el guarapo, mientras preferimos una gaseosa importada o cualquier bebida con un envase llamativo, porque eso es lo que otorga estatus. Puede que no sean mejores, pero vienen acompañadas de una una idea de consumo implantada.

Frente a esta situación, resulta necesario apostarle a la creación de bienes populares, brindar herramientas y conocimientos a quienes luchan por sostener la vida y la memoria colectiva. Porque así es como se empiezan a nombrar las injusticias y a construir alternativas reales para la dignidad. No se trata solamente de hacer algo bonito, ni de volverse famoso, es la creación de herramientas para la vida digna, es crear una industria para la vida.

Para ello, es importante comprender la relación entre medios y cultura. Los medios ejercen una influencia constante sobre las prácticas culturales y no pueden entenderse únicamente como canales de información. También moldean gustos, comportamientos e imaginarios colectivos, incluso dentro de grupos específicos. La cultura se ve como la forma de estar en el mundo. Juntarse a hablar, jugar tejo, tomar guarapo o armar la olla es cultura. De hecho, es todo aquello que permite que la comunidad exista y coexista. “La gente confunde arte con cultura, todo lo que hacemos es para vivir. El arte solo es una forma de representarla”.

Por eso, este periódico no es solo un pedazo de papel, es archivo, es denuncia, es testimonio y es memoria de todas las personas que han tenido la oportunidad de escribir y contar a través de él.

En Techotiba, como en muchos otros territorios, existen procesos que se la guerrean por hacer un contenido distinto, cargado de un gran valor, de intencionalidad y resignificación hacia los espacios en los que están, creando así distintos rituales alrededor de un objeto en común.

La invitación es empezar a ver los festivales comunitarios, las escuelas populares, los medios alternativos no solamente como un espacio diferente, sino como creadores culturales que construyen unas narrativas cercanas a la realidad de las comunidades, sosteniendo así el territorio y el tejido social.

 “Porque, al final, también se puede soñar el cielo con las manos

 

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